Las Provincias

La crisis de la educación y la muerte de Occidente

Nadie parece dudar que el sistema educativo deba transmitir la cultura de generación en generación y, si cabe, incrementarla. No obstante, ¿qué entendemos cuando decimos que el modelo educativo debe ser «difusor» de la cultura? Entendemos por ello que el resto de personas menos instruidas en un determinado ámbito tienen la oportunidad de adquirir conocimientos y, de ese modo, consiguen elevarse al nivel de aquellos que saben más. Lo que no tiene sentido alguno es que aquellas personas con mayor conocimiento o aquellas personas más sabias deban bajar al nivel de los que no saben o saben menos. En el momento en el que una brizna de hierba se alza sobre las demás, no se debe cortar ésta para que estén todas al mismo nivel sino al contrario; potenciar que el resto de jóvenes brotes alcancen el esplendor y altura de ésta, y además lleguen a superarla.

No se trata de ser clasista, es mera cuestión de lógica; si los que saben bajan al nivel de los que no, esta acción no beneficia absolutamente a nadie. Lastra a la sociedad en conjunto: es perjudicial tanto para el que sabe como para el que no. Es empeñarse de algún modo en creer que acabar con la excelencia traerá más igualdad y se termina por mezclar y equiparar, de forma errónea, igualdad con conformismo.

Esto, empero, nos lleva a algo mucho peor de lo que a primera vista se pueda desprender. Y es que este «cortar las alas» acaba mermando la capacidad de análisis de la población, estandarizando conductas y niveles, llevando a la sociedad a una irremediable pérdida de ambición y dejando como legado no más que ignorancia y mediocridad. Disminuidas (cuando no anuladas) la capacidad de acción y la tan necesaria innovación y crítica, la sociedad acaba sumida en el más insospechado aborregamiento. Gente dócil, maleable, sin capacidad de reacción o cuestionamiento.

Lo cierto es que lejos de apoyar esta práctica de encajonar capacidades y posibilidades de desarrollo, se debe potenciar lo mejor de cada persona. El único límite de uno mismo es la muerte. Si, por el contrario, actuamos movidos por la creencia barata de que limitando a un ser humano la sociedad se hará más igualitaria, el producto final que se obtiene es una sociedad más decadente incapaz de realizar ningún tipo de juicio o de cuestionar siquiera asuntos tan básicos como la justicia y el bienestar de la comunidad. Cuestiones de importancia capital como educación, sanidad o justicia social, pasan a un segundo plano para el grueso de la población.

Esto debería aterrar más que cualquier crisis porque, de hecho, ni tan solo cabría una crisis de valores; simplemente no los habría. Nos manejarán a su antojo, dirigidos por bestias modernas; publicidad, consumismo, aplicaciones del «smartphone» especialistas en hacernos perder el tiempo, programas idiotizantes, chabacanería, jóvenes vacíos, espectáculos de masas, modas superficiales y planes de vida pre-establecidos, los cuales en muchos casos aportan dudosos beneficios (cuando no beneficios inexistentes o, directamente, perjuicios).

A veces me paro y lanzo una pregunta al vacío que no halla respuesta: «Educación, ¿qué te está pasando?». No pocas personas perciben la sensación de que alguien está planeando destruir los fundamentos de nuestra sociedad occidental: crítica y razón. No nos queda otra que preguntarnos si ese «alguien» no está empezando por acabar con la educación. Pues claro. De hecho, ya ha empezado.

Esta sociedad gravemente enferma corre el riesgo de empeorar e incluso morir sino se retoma el cauce adecuado. Y, por supuesto, no cabe discusión alguna al respecto de qué es «sociedad enferma». Una sociedad está enferma cuando los espectáculos de masas triunfan y proliferan, donde la gente prefiere seguridad ante libertad, donde la generación mejor preparada ni cuestiona ni reivindica y donde triunfan más trabajos de relaciones públicas en discotecas o macro festivales de moda que el elemento que vertebra a la sociedad: los profesores.

Que miles de jóvenes estén con su doctorado atascados ante instituciones de enseñanza superior -como nuestras universidades- evidencia un problema. Marginemos al profesor, recortemos en educación. En definitiva: creemos un sistema educativo mediocre. El mínimo para que los ciudadanos puedan llegar a entender las ofertas de los espacios publicitarios que inundan nuestros medios de comunicación y adormecen nuestras conciencias. No les interesa que sepamos más. Se orquesta un golpe contra la sociedad y se lleva a cabo carcomiendo a las instituciones educativas y sus sucesivas reformas (que, curiosamente, no hacen más que empeorar).

El proceso es lento pero inexorable. Se empieza por recortes. Luego, éstos pasan a ser indiscriminados. Posteriormente, para compensar el hecho de que muchos estudiantes se queden fuera del sistema y no tengan acceso a una educación superior de calidad, lo que se hace es «cortar las alas» a los que han quedado dentro del sistema. Resultado: tenemos a un grupo potencialmente crítico con el sistema fuera de la educación y a los que permanecen dentro coartados. Sigamos: bajamos los salarios, aumentamos la carga docente, incluimos una parte burocrática para que el profesor esté más ocupado en rellenar papeles que en mejorar y preparar las clases para sus alumnos. De paso, la tarea del profesor, ahora altamente burocratizada, es desprestigiada. La gente piensa que son funcionarios que viven del cuento: y la bola de desprestigio sigue aumentando.

Quizá uno de los principales cabecillas de este plan pueden ser perfectamente los mercados, en un afán de mercantilizar la educación, dejando a un lado otras cuestiones del aprendizaje que, en tanto en cuanto no son cuantificables, se asumen como prescindibles.

Al final, en muchos casos, el profesor se acaba convirtiendo en un cooperador necesario de esta fábrica de mansos borregos a los que hoy en día el sistema se encarga de aleccionar. Profesores que inicialmente eran buenos y estaban llenos de entusiasmo, acaban sucumbiendo a este modelo mercantilista. Lo triste de todo esto es ver cómo la cantidad de porquería se acumula en nuestro sistema educativo como los canalones atascados de una vieja casa. El daño a un incontable número de promociones universitarias, de bachiller, de instituto y de colegio, ya está hecho. Este daño es irreparable. El auge de la programación basura da buena muestra de ello: muchos de nuestros abuelos no tenían ni la educación básica, pero el afán por saber reinaba en sus espíritus y nunca emplearían ni un minuto de su vida en 'Mujeres y Hombres y Viceversa', o en cualquier otra interminable retahíla de bodrios televisados.

Amigos, el rumbo que toma esta situación es preocupante. Estamos cubiertos hasta las cejas. Decadencia por doquier. Huelga decir que esta sociedad se degrada a un ritmo que horroriza. Eso sí, somos burros con títulos carísimos; no vayan a pensar que somos tontos, pero mientras tanto aguardamos el fin de semana para acudir al próximo botellón. Aquí yace Occidente; tus hijos no te olvidan.