Las Provincias

REMALOS

Existe una raza de malos peliculeros que despierta nuestra simpatía, incluso nuestra admiración. Militan en la banda de los malos-buenos; esto es, forajidos despiadados que, en un determinado momento, acaso para excusar sus múltiples fechorías, optan por redimirse acudiendo con valor hacia la muerte pues sólo una palmada cargada de épica y dignidad maquillará sus pecados. Hablo de Sterling Hayden en 'La jungla de asfalto', de Harvey Keitel en 'Teniente corrupto' y de, cómo no, mi pandilla favorita, esa que lideró William Holden en 'Grupo Salvaje' durante una memorable balacera final. Las alforjas de sus caballos contienen el oro que han ganado como mercenarios, pero uno de sus compañeros está preso. Deciden liberarlo aunque saben que van a morir y caminan hacia el corredor de plomo con paso decidido. Es una cuestión de dignidad, que decíamos antes. Amigos así quiere uno en la vida, en fin. Pero, por desgracia, la vida real se aleja de la magia del celuloide que nos conmueve y siempre se muestra más zafia. Los 200 caracartones pletóricos de furia que impidieron la charla de un ex presidente de España en la Universidad son malo-malos, remalos sin remedio de cabecita lavada. Imposible empatizar con ellos. El portavoz de los caracartones, discurseando pedantuelo y pomposo en plan podemita, tildó de «seres nauseabundos» a González y Cebrián. Él, en cambio, es un alma pura y justiciera, no te jode. Ya resulta pésimo que tipejos así de tronados deambulen en nuestras aulas con su matonismo de hoz y martillo, pero lo preocupante viene con las voces venenosas que les entienden porque consideran el atropello una prueba de salud democrática. Encima la charla se suspendió, con lo cual, máximo bochorno, ganaron los malos. Pero los malos-malos, se entiende, o sea los que jamás buscan la sombra redentora.