Las Provincias

ESPAÑA LE ROBA

Siempre me ha sorprendido la devoción casi religiosa y la fe ciega que algunas personas muestran hacia determinados triunfadores en ámbitos como el deporte, la música o el cine. Digo que me llama la atención porque, por ejemplo, ser un gran cantante, una estrella del rock, no implica que ese hombre o esa mujer tengan una personalidad atractiva. Ni lo contrario. Tampoco hay que pensar que todo el que se sube a un escenario es un cocainómano, un déspota con su equipo de colaboradores, un ególatra, que aunque hay muchos que responden a este esquemático retrato, no todos son así. Para la personal e intransferible historia de mi vida guardaré siempre el haber podido asistir con mi hijo Pablo a un concierto de Bruce Springsteen en el Camp Nou el pasado mes de mayo, una experiencia única, inolvidable, mágica. El 'boss' es un auténtico espectáculo, un rockero de verdad, más de tres horas y media de buena música sin trampa ni cartón, con la compañía, eso sí, de la E Street Band, aunque ya sin el gran Clarence Clemons y sin Danny Federici. En sus memorias, el artista norteamericano saca a la luz su lado más oscuro, el del hombre que a pesar de tenerlo todo en la vida, de haber alcanzado el éxito mundial, de ser reconocido por todo el mundo y haber sido elevado a la categoría de mito ya en vida, no es feliz y cae con frecuencia en la depresión. Es habitual, suele darse entre los creadores, mentes complejas, personas atormentadas, trayectorias vitales traumáticas. El mundo del deporte reproduce algunas de estas características en cuanto a sus figuras más indiscutibles, no hay más que recordar el caso de Diego Maradona. Y si pensamos en los que ahora mismo son considerados los dos mejores jugadores del planeta fútbol -Leo Messi y Cristiano Ronaldo-, un simple análisis no hará más que corroborar esta impresión. El uno, el blaugrana, no parece un chico especialmente inteligente, seguramente no debe de haber abierto un libro en su vida ni sabe distraerse más allá de jugando con un balón o con la Play... ¡al Fifa! El otro, el merengue, es un compendio de egoísmo y soberbia, un pésimo ejemplo como compañero, un ser humano digno de lástima aunque gane en un día lo que un trabajador necesita varios años para ingresar. No se moleste nadie, por tanto, al ver a Guardiola apoyando la causa soberanista. Un buen entrenador, como probablemente lo es el técnico catalán, no implica necesariamente ser un ciudadano sensato, ecuánime, culto y solidario. Y en cualquier caso, una cosa es cierta, y es que siguiendo el manido discurso nacionalista España le roba, no a Cataluña, sino a él. Cada vez que viene con un equipo extranjero por este territorio del que quiere marcharse, sale goleado. España le roba, sí, su prestigio.