Las Provincias

Blanco y negro

El próximo gobierno va a ser como una boda. Meses y meses de preparación para que todo termine en unas pocas horas. En este caso, con suerte, un par de años. Hemos pasado semanas y semanas discutiendo si unos apoyan a otros, si pactan, si negocian, si ceden o si se abstienen para que salga Rajoy y podamos pasar página por fin pero al paso que vamos el líder popular, sin mayoría y con una demonización encima que ni el bueno de Satanás, va a durar más bien poco. Lo decía ayer alguien en el autobús y tenía toda la razón: «La investidura es una moción de censura en diferido». Tanto calcularlo y meditarlo para que todo pase como en las bodas, sin apenas darnos cuenta de que ya está. Se acabó.

La pena de todo este laborioso y tedioso proceso es que no ha servido para aprender nada. Se trataba de dejar de lado el enfrentamiento de rojos y azules, de blancos y negros, de derecha e izquierda. La superación del bipartidismo significaba que la opción no era x o su contrario sino que se abría todo un mundo de posibilidades, matices y gamas de colores. No es verdad. La política española no ha evolucionado. El voto se ha fragmentado, es verdad, pero no ha enseñado su verdadera virtud a nuestros políticos: aprender a gobernar entre todos.

Apenas una muestra de pacto, el de PP y Ciudadanos, que sabe a poco, ha sido el avance. Es un claro suspenso en la capacidad para hablar y buscar puntos en común.

De hecho quienes ahora proclaman que se abstendrán -y quienes lo harán mañana- lo hacen tapándose la nariz para que no les tachen de estrategas. ¿De dónde tanto complejo? Negociar es ceder y echarlo en cara es exigir un bipartidismo veladamente. Es lo que hace Podemos criminalizando a Rajoy. Si el PP es el partido más votado, lo demócrata es tenerlo en cuenta para llegar a acuerdos. No es a Bárcenas a quien se respeta con ello sino a los millones de ciudadanos españoles que así lo han decidido con su voto. Sin embargo, Podemos demuestra en cada comentario contra los acuerdos con la fuerza más votada que lo que ansía es un nuevo bipartidismo entre ellos y todos los demás. El cerril «no es no» del PSOE evidencia ese mismo mal en su formación. El 'no' solo debería estar condicionado por el bien común. No es no, salvo que sea lo peor para los ciudadanos. Empecinarse en negar a un Rajoy que puede durar menos de la mitad de una legislatura los convertirá en cabezotas recalcitrantes en apenas año y medio. Para entonces lamentaremos haber perdido tanto tiempo y quizás, incluso, algunos lamenten haber dedicado tantos esfuerzos en la lucha interna en lugar de priorizar la lucha común por un interés más alto. Apoyar ahora un gobierno del PP no es apuntarlo sino ponerlo en el disparadero y darse tiempo para apuntar bien. Los retrasos, las zancadillas y los obstáculos que no llevan a nada son riesgos que asume quien los defiende y tal vez le pasen factura antes de poder reaccionar.