Las Provincias

Alternativa a la actual ayuda humanitaria internacional

Una caída tras otra. Los edificios se suceden en su incesante derrumbe en cascada. Los puentes saltan destruidos en pedazos como vulgares cachivaches. El pavimento de las calles cruje en un agónico rechinar de dientes. El mobiliario de las viviendas se agita con parkinsoniano temblor. Las chimeneas de las industrias se desprenden en interminables cabriolas. Las terribles sacudidas del cataclismo siegan infinidad de vidas. Son algunos de los devastadores efectos de un terremoto. Lo vimos el pasado agosto en el centro de Italia. Antes, en Nepal, Japón, China, Haití. Se podrían añadir al listado numerosísimos países en siglos diferentes. Ello no varía la esencia de lo que acontece.

Como tampoco lo altera el hecho de que se trate de un seísmo, de una erupción volcánica, de un apocalíptico incendio, de una guerra atroz, de una exterminadora sequía o de una hambruna incesante. Es lo mismo. No importa cuál sea la catástrofe, ni cómo se ha producido, ni cuándo, ni a quién sucede. Está ahí y eso es todo para que se movilicen los recursos estatales y no estatales de la ayuda humanitaria internacional. En seguida se ofrece una respuesta de emergencia con el envío de equipos de socorristas y el suministro de productos y servicios de primera necesidad. Sus actuaciones se encuentran especialmente asociadas con los escenarios mundiales de mayor fragilidad, aquellos en los que la tribulación se agranda al ir ligada con el subdesarrollo.

Aunque la opinión pública continúa viendo esta lucha como una responsabilidad fundamental de los gobiernos y no del sector privado, poco a poco ha ido aumentando la desconfianza en la eficacia de los poderes ejecutivos para combatir la devastación de la pobreza, la exclusión y la injusticia social, de forma que, en razón de las virtualidades propias del sector no gubernamental de ayuda al desarrollo, ha ido creciendo el reconocimiento y la consiguiente demanda de intervención de este universo de entidades de la sociedad civil.

Sin embargo, son múltiples las deficiencias actuales de estas organizaciones, derivadas principalmente de su tamaño, aislamiento, financiación, dotación de personal específico, diversidad de ámbito de contenido, organización... Más aún, la mayor preocupación para la gran mayoría de ellas es la de su propia supervivencia. Estos problemas hacen que su impacto para mitigar de modo duradero el subdesarrollo resulte insuficiente a la hora de influir en un nuevo orden mundial, pues las fuerzas y sistemas más amplios en los que este se apoya quedan fuera de su alcance.

Si la gestión de salvar la creciente distancia que separa el desarrollo del subdesarrollo no es un asunto fácilmente resoluble en sí mismo, la cooperación al desarrollo -como mera ayuda directa- no va más allá de una donación que no resuelve los verdaderos problemas de fondo de los países afectados. Para que se convierta en un factor real de esperanza hace falta -según Ralf Dahrendorf (1929-2009)- que dicha ayuda esté «vinculada con la experiencia de que realmente existe un camino que conduce de la pobreza a la riqueza».

Ante ese panorama, son numerosos los expertos en materia de cooperación -Sogge, Tandon, Zadek.- que consideran imprescindible su salida del mero altruismo más o menos organizado y su transformación en una plataforma sistemática de solidaridad entre ciudadanos del Norte y del Sur, conscientes de la necesidad de un modelo de desarrollo sostenible. Ello exige la incorporación plena de una dimensión educativa a sus cometidos habituales, que atraiga la atención de la ciudadanía hacia las cuestiones relacionadas con el mundo en vías de desarrollo y la relación Norte-Sur, de forma que, con el tiempo, se logre la creación de una influyente infraestructura social que transmita información y análisis en torno a dichas cuestiones, promoción de valores humanitarios, movilización ciudadana e influencia sobre los responsables mundiales en la toma de decisiones.

De hecho, hay ya un reducido número de organizaciones no gubernamentales que no ejercen verdaderas funciones de transferencia de recursos, sino que su cooperación se basa exclusivamente en el conocimiento. Al convertirse en testigos exteriores de las principales tendencias en el ámbito del desarrollo, sus imágenes y datos abren la puerta a futuros planteamientos de mayor alcance, que contrarresten a las fuerzas dominantes en sentido contrario. Sin embargo, las iniciativas en este sentido han sido -hasta ahora- bastante modestas, amorfas y carentes de eficacia. Solo se han dado en instituciones de algunos pequeños Estados, como los Países Escandinavos y los Países Bajos, en los que la construcción de un sentimiento público favorable a la ayuda exterior se considera un servicio público.

Todavía queda por lograr un avance significativo que permita transformar el actual estado de cosas en una auténtica alternativa a la situación vigente. A semejanza de lo ocurrido con otros problemas mundiales, como la igualdad de la mujer, los derechos civiles y políticos o el medio ambiente (a los que no se prestaba atención en otros tiempos, pero cuyo estatus ha variado hoy, hasta convertirse en asuntos prioritarios), solo la aceptación generalizada del necesario cambio en tal sentido redundaría en el beneficio de millones de personas desesperadas. Una vez más, la alternativa está en la educación.