Las Provincias

WELCOME

Welcome Estha! Rozalen, la organizadora de las jornadas a las que acudo esta semana me recibe con su mejor sonrisa. Acabo de llegar a Manchester y, como siempre que voy a Gran Bretaña, nadie se aclara al pronunciar mi nombre. Aunque tengo que decir que después de tantos años estoy acostumbrada. En cuanto llego a Inglaterra, me convierto automáticamente en Estha. No me molesta en absoluto. Lo extraño es que en Estados Unidos nadie parece tener problema para pronunciarlo correctamente.

¿Inglés británico versus americano? Posiblemente. En fin, esta vez acudo invitada por English UK, la asociación nacional de centros acreditados de enseñanza del inglés en Reino Unido. Quieren que conozcamos escuelas en el norte de Inglaterra y en Edimburgo.

La enseñanza del idioma de Shakespeare le genera a las islas británicas unos beneficios cifrados en millones de libras al año, razón por la que todos los que les enviamos estudiantes somos más que bienvenidos como Rozalen, nuestra anfitriona, ha dejado bien patente.

Empezamos el recorrido en Manchester, que prometía ser fea y poco acogedora, pero que ha resultado tener una sorprendente mezcla de creatividad, historia y modernidad, difícil de encontrar en otra parte. Me asomo fuera del hotel y me ciega la luz del atardecer reflejada en los ladrillos de las antiguas fábricas, ahora oficinas, volviéndolos aún más anaranjados si cabe. Es extraño cómo nos identificamos con algunos lugares. Y cómo tendemos a olvidar lo que ciertos destinos suponen en nuestras vidas.

En mi caso, desde que pisé suelo inglés por primera vez, mi corazón, que el Brexit me perdone, se quedó igual de partido que el de Alejandro Sanz. Tanto que hay una parte de mí que, por mucho que insista en llevármela conmigo, siempre se queda. Una parte con la que me reencuentro cada vez que vuelvo y que no me riñe por haber tardado tanto en regresar. Que no me lo echa en cara, demasiado feliz de tenerme de vuelta y que me susurra welcome Estha.