Las Provincias

PABLO TRUMP

No hay tanta diferencia entre el populismo de Pablo Iglesias y el de Donald Trump, escorado hacia la izquierda el primero y hacia la derecha el segundo pero coincidentes en lo esencial. Para empezar, en el desprecio no ya de las instituciones democráticas y del Estado de derecho sino de la misma democracia cuando no sirve a sus intereses. Como los resultados del 26 de junio no fueron los esperados y no se produjo el ansiado 'sorpasso', el líder de Podemos anuncia que su partido vuelve a la calle, a las movilizaciones, que el Congreso no vale para gobernar (cuando su grupo está en minoría porque así, libremente, lo han querido los ciudadanos, claro). Dicho y hecho, a los pocos días un grupo de radicales antisistema asalta la Universidad Autónoma e impide una conferencia en la que participaba Felipe González. Como el candidato republicano vaticina que no va a ganar porque el 'establishment' se lo va a impedir, pone en duda la autenticidad del futuro recuento de votos y proclama que no se compromete a acatarlo. Es decir, la democracia sólo es legítima si gano yo. La gasolina que alimenta ambos movimientos es la misma que ha servido para que el 'Brexit' ganara en el Reino Unido, idéntica a la que da alas a Marine Le Pen en Francia o a Beppe Grillo en Italia. Por una parte, el miedo al futuro en todos los sectores de la sociedad. Globalización, robotización e inmigración masiva son fenómenos que asustan a los ciudadanos, que temen perder lo que tienen o que una y otra vez escuchan que no van a poder vivir como sus padres, que el empleo va a ser precario, que se van a tener que marchar al extranjero (muchos lo han hecho ya), que la Seguridad Social no va a poder mantener el sistema de pensiones... Por otra parte, una incultura generalizada, a pesar de que los canales de educación, información y divulgación llegan hoy a más gente que en ninguna otra etapa de la historia. Más informados, más conectados, pero no más sabios. Una sociedad que presenta alarmantes signos de ensimismamiento, de aburrimiento existencial, de hartazgo. Por último, a favor del populismo juega el hábil manejo de instrumentos que en sus manos se convierten en armas de destrucción masiva, llámense redes sociales o televisión. En resumen, crisis económica y política, corrupción, desesperanza ante el futuro y temor a un colapso social, ecológico y energético, constituyen el terreno sobre el que han germinado los populismos de distinto signo, que se presentan como los salvadores de la patria pero que a la larga no hacen más que empeorar la situación y abocar a los estados a una quiebra de la que tardan décadas en recuperarse. Pablo Trump o Donald Iglesias, Marine Grillo o Beppe Le Pen, tanto monta, monta tanto.