Las Provincias

La compasión

Yo creo que Donald Trump merece nuestra compasión. No debe ser fácil llevar toda una vida como hijo, marido sucesivo, y magnate polémico, permitiendo que todo el mundo te ría las gracias, sin sospechar nada, y pasar al ámbito del debate público. Es una víctima más, un ángel caído, de esta sociedad que primero estimula y ensalza la opinión diferente como aire fresco, para después abalanzarse sobre ella sin matices, llevándose las manos a la cabeza, hipócrita. Los populismos, como el Golem biblíco, están hechos de la piedra y el fango de nuestra frivolidad. Conociendo los detalles de su biografía, lo que resulta sorprendente es que nadie, ni él mismo, fueran capaces de hacer una evaluación inicial que desmintiera su supuesta capacidad para la primera magistratura de los Estados Unidos de América. En España ser amigo de un primo hermano lejano de un organizador de un concurso de misses te inhabilitaría para un cargo público. Allí, pasearse por los camerinos del certamen para ver el género ha tenido que salir casi con las elecciones a la vista. No tiene que ver con su imagen, que también. Con dos palmos menos, hablando en castellano o en valenciano, enfundado en una camiseta de festeros del Cristo, sombrero de publicidad de Anís Limiñana, o pañuelo de cuatro nudos de obrero o 'chapador' protegiendo la cabellera, sus opiniones se reservarían para el programa televisivo. A lo sumo sería el malasombra, el 'graciós' de la falla o la comparsa de moros, opinándose encima los viernes de cena en el casal. Su aparición haciendo posturitas en los Billares Colón, hubiera dado mucho de sí. Lo bueno de ser bajito, relativamente feo, y llegar renqueando a final de mes es que te asegura que la percepción que la gente tiene de tus opiniones no está contaminada por la imagen o el dinero. La tiranía de las redes sociales es letal para aquel tipo de sujetos. A los políticos los ha hecho esclavos, con escasa libertad. De un lado les obliga a participar porque no se entiende la política sin la proximidad que, dicen, es el paradigma de las redes sociales. Pero del otro, como han de ser ingeniosos, y les han asegurado que tienen un buen perfil comunicativo, todo político se la juega en cada tuit. Hoy, con estos 471 caracteres, tengo un amplio terreno de juego para opinar, matizar e incluso equivocarme. Un personaje público puede arruinarse su futuro. Nosotros no podemos reescribir nuestra historia. Con las nuevas reglas, nuestro pasado, una columna inocente sobre el 23-F, la biografía y antecedentes de las personas con las que nos retratamos, si acudimos una vez a una plaza de toros, aquella foto con un gin-tonic en la mano, o disfrazado de mandarín en los carnavales de Pego nos convierte en esclavos digitales. Para sobrevivir nuestros hijos tendrán que aprender a ser hipócritas.