Las Provincias

CARIDADES

Una limosnita por aquí y otra por allá. Limosneamos para tranquilizar y apaciguar el Pepito Grillo de nuestra conciencia. Apadrinar a una lejana y anónima criatura del tercer mundo o derramar unas monedas sobre la mano mugrienta del pobre que yace tullido en la puerta de la iglesia tonifica y repara el alma del benefactor. En esta práctica coinciden la beata y el progre. Y tras ese ejercicio caritativo se marchan a casa con el ánimo gozoso y se enchufan su programa favorito mientras cenan un plato recalentado de coliflor.

Nuestro primer mundo de bienestar y confort mantiene un feria de caridades asumida que cotiza a su manera. Ahora mismo destacan las acciones de los refugiados que se juegan la vida cruzando el Mediterráneo embarcados en barcos de papel. Sin embargo Haití anda a la baja. Haití nos ha ofrecido una sobredosis de drama y la repetición nos ha saturado. No cesan las tragedias, allá en Haití, y eso termina aburriendo los amigos de las caridades que son esporádicas tiritas de fortuna. La naturaleza, tan sabía según algunos, se ha cebado de nuevo con Haití y esto ha pillado a la gente con el paso cambiado. ¿Otra vez Haití? Pues sí, qué le vamos a hacer, pero ya no es lo mismo y además salvo Shakira ningún famoso se ha decidido a colaborar con ese terruño. La catástrofe de los refugiados, en cambio, disfruta de muchos más minutos televisivos y hasta le han ofrecido un programa exitoso de prime time. Nuestras energías limosneras, nuestra solidaridad rococó, nuestras palabras de aliento, se focalizan pues en los refugiados. Porque nuestra caridad, hombre, al fin y al cabo, tiene un límite y no podemos dispersar nuestra calderilla hacia los refugiados, hacia Haití o hacia cualquier hambruna de África, qué siempre hay alguna. Por lo tanto, para esta temporada otoñal toca refugiados.