Las Provincias

PURA VIDA

El fiesta

Heredó el Seat '600' de su padre en buen estado, pese a los 25 años del utilitario, porque aquellos padres de antaño preservaban y mimaban los muebles, los electrodomésticos y, por supuesto, los coches. La cultura del usar y tirar no imperaba y nuestro carácter no estaba forjado por la urgencia, el capricho y el blandiblú. La gente, por otra parte, enfrascada en sus quehaceres cotidianos tampoco se aburría. Aburrirse era de idiotas. Era otra época, sí. Mi amigo apareció, pues, con ese orondo '600'. Él contaba 18 años y yo 15. Junto con otros colegas formamos un grupo asilvestrado que por fin disponía de coche, esto es un trasto que te podía llevar hacia las discotecas y lugares de tierra prometida como Benidorm. Aquel carro padecía teclas, heridas, cicatrices que supuraban aceite. Nos dejó tirados en alguna ocasión pero nos otorgó la magia de la máquina y no todo el mundo podía presumir de esa conquista. Yo entraba en las discos gracias a una fotocopia trucada del DNI que me añadía años. Recorrimos la costa durante los veranos en plan caracol, efectuando escalas, los siguientes años. Ni aire acondicionado ni elevalunas eléctrico. Radiocasete sí, uno pillado de estranjis, ya me entienden. Naturalmente nos arreamos una toña explosiva y el '600' murió por siniestro total y nosotros nos salvamos porque Dios existe. En aquel tiempo bárbaro conducir borracho era prueba de hombría. Húerfanos de vehículo estuvimos un lustro. Hasta que encontramos los primeros trabajos y mi amigo se compró un día un Ford Fiesta. Qué lujo. Nos cambió la vida. Y mi amigo ese coche sí lo cuidó porque lo había pagado él y no era plan conducir como un cafre. Aquel Fiesta nos trasladó hacia los terrenos de la madurez, las facturas, los horarios y otras cadenas. No le olvido ahora que la Ford de Valencia cumple 40 tacos.