Las Provincias

CAMARADA IGLESIAS

A nadie puede extrañar el asalto de extremistas de izquierda y anarquistas para impedir un acto en el que participaba Felipe González en la Autónoma madrileña. Primero se anuncia la estrategia de tomar la calle, despreciando las instituciones democráticas, después se calienta el caldero de las redes sociales y a continuación empiezan los incidentes. Prepárense porque esto no ha hecho más que empezar. La crítica de Pablo Iglesias a la uve de la victoria con la que normalmente termina Íñigo Errejón sus intervenciones en mítines y actos públicos y su decidida apuesta por el puño cerrado es toda una declaración de intenciones. Colgar una foto de Churchill con ese mismo gesto, la uve de la victoria, es especialmente significativo. Y muy desafortunado. Porque Churchill no ha pasado a la historia por ser un líder conservador, ni por el premio Nobel de literatura, ni por el desastre de Gallipoli en la I guerra muncial sino por el liderazgo frente a la Alemania nazi. Cuando todo se vino abajo, cuando el continente europeo cayó bajo la bota de Hitler, sólo la firme convicción de Churchill evitó la hecatombe. Ciertamente, el primer ministro británico fue un adelantado a su tiempo y supo ver que el peligro de una dictadura atroz, tiránica y despiada no sólo procedía de Alemania sino también de la Unión Soviética, de Stalin, pero Roosvelt no le hizo caso. Criticar a un rival de tu propio partido utilizando una imagen de Churchill no sólo es de una torpeza incalificable sino que es la muestra más palpable del despotismo que anida en el interior de un personaje que se presenta como el libertador de los oprimidos. Casi tanto como poner una fotografía de la activista estadounidense Angela Davis con el puño en alto, para hacer ver que es un símbolo de las minorías, de los perseguidos, de los discriminados. Lo que no recuerda Pablo Iglesias es que también lo es de los comunistas, de una ideología que acumula millones de muertos, desaparecidos, encarcelados, torturados, desplazados, un movimiento totalitario que sumió a media Europa en una oscuridad de más de cuatro décadas. Ya hace meses que el líder de Podemos se quitó la careta y se echó al monte en busca del voto antisistema. Una apuesta que sólo le puede servir bien si primero hace saltar por los aires ese sistema en el que algunos no se sienten cómodos. Y para conseguirlo es necesaria la estrategia de la tensión en las universidades, en los centros de trabajo, en las calles, en los parlamentos, en los ayuntamientos, en las redes sociales... Si el sistema hace crack, el número de opositores al mismo -la supuesta base social y electoral de Podemos- se ampliará hasta poder presentarse como alternativa de Gobierno. Lo de ayer es sólo el primer capítulo.