Las Provincias

Acoso a un expresidente

Hay que decirlo bien claro: los llamados escraches encaminados a impedir que un político o un intelectual expresen sus puntos de vista en lugares públicos son siempre inaceptables porque constituyen una prueba de intolerancia radical -sea del signo que sea- y un atentado gravísimo contra la libertad de expresión. En el caso del boicot de que ayer fue víctima el expresidente Felipe González, la gravedad del caso viene enfatizada por dos agravantes: la dignidad del personaje, que contribuyó a la construcción del edificio democrático y a la modernización de este país, y el hecho de que el incidente violento tuviese lugar en un recinto universitario, que debería caracterizarse por el respeto al verbo, la tolerancia y la pluralidad de ideas. Tras el suceso, ha habido cruces de acusaciones porque algunos de los lemas de la agresión fueron utilizados recientemente por Pablo Iglesias. En su peculiar deriva hacia la izquierda radical, el líder de Podemos no ha dudado en señalar, cuantas veces ha tenido oportunidad, al expresidente González como uno de los cabecillas de esa «casta» contra la que todo parece valer, incluso los escraches. En estos momentos de inestabilidad política, cuando se han superado los 300 días sin un Gobierno estable y con el principal partido de la oposición sumido en una crisis sin precedentes, conviene proclamar que el camino de la crispación, el de la algarada y el de la provocación al contrario, no puede ser nunca la solución de nada sino que en todo caso es una herramienta eficaz, y perversa, para empeorar las cosas. Las amenazas y las coacciones con las que la izquierda más extremista suele acompañar sus 'acciones' en las universidades públicas tienen que ser condenadas de manera tajante por todos los demócratas. La convivencia en España puede verse amenazada si el escrache se acaba convirtiendo en un procedimiento habitual para limitar por la vía de los hechos la libertad de expresión.