Las Provincias

Un 12 de octubre en perspectiva

Ya sé que el momento adecuado para escribir sobre la Fiesta Nacional del 12 de octubre, sobre lo que ésta significa y evoca, sobre por qué no acaba de cuajar como celebración genuinamente popular, o sobre las carencias, las ausencias y las suspicacias que cada año jalonan -que no empañan- su conmemoración, era hace una semana. Y así lo habría hecho si no fuera porque ya entonces sabía de antemano que con solo aguardar siete días iba a tener la oportunidad de hacer estas reflexiones desde la perspectiva singularísima que dan 12.000 kilómetros -literalmente: medio mundo- de distancia.

Que no son sino los que separan Valencia de Manila, en las Islas Filipinas. Una distancia que en el siglo XXI se salva en dieciséis interminables horas de vuelo -más cuatro de escala en Estambul-, pero que allá por el siglo XVI exigía zarpar desde Sevilla, cruzar el Atlántico hasta Veracruz, atravesar el istmo que separa este puerto del de Acapulco en el Pacífico, y embarcar de nuevo allí para amarrar en la 'Perla de Oriente' meses después -si los vientos habían sido propicios y los piratas chinos, malayos, portugueses o británicos no habían estado al quite-. Y aun así, ese remoto rincón de Asia fue parte de España durante los más de tres siglos transcurridos desde que en 1570 los Goiti, Salcedo y Legazpi se batieran el cobre con los musulmanes que controlaban la ciudad, hasta que en 1898 el Comodoro Dewey aniquilara nuestra maltrecha escuadra de guerra en Cavite. Fue aquí donde en 1601 se fundó el primer seminario eclesiástico, y donde diez años más tarde se erigió la primera universidad de Asia, bajo la oportuna advocación de Santo Tomás. Fue aquí donde España levantó fuertes y palacios, iglesias y hospitales, la mayor parte de ellos perdidos bajo el fuego de japoneses y de americanos. Y es aquí donde todavía hoy uno se topa a cada paso que da con nombres españolísimos como Jesús, Benedicto, Eliseo, o Aquilino, prueba evidente de que debajo de la salvaje americanización experimentada en Las Filipinas desde nuestra derrota -y también la suya- en aquel fatídico año, y por encima de la creciente presencia en las islas de intereses chinos o japoneses, sobrevive un legado cultural inextinguible, que además constituye para quienes lo atesoran una genuina fuente de orgullo.

Alegaba la pasada semana ese insatisfecho profesional que es Juan Carlos Monedero que los españoles deberíamos ubicar nuestra Fiesta Nacional en un día «que no genere tantas suspicacias y que no moleste a todo un continente». Pues adelante. Pero mientras discutimos si colocarla el 2 de mayo -lo que molestaría a los franceses-, el 15M -que me molestaría a mí- o el 6 de diciembre -que le molestaría a él-, seguiré a pie juntillas la sugerencia de su correligionario Pablo Iglesias, para quien el mejor modo de defender la patria es construir escuelas y hospitales. Es otra de las razones por las que celebrar con entusiasmo el 12 de octubre.