Las Provincias

LUJOS Y MISERIAS

No es la primera vez que leo ese grafiti porque me muerde los ojos cuando camino hacia las entrañas del metro. Es un mensaje escueto, eficaz, contundente, escrito con rotulador sobre la pared de un portal casi señorial de la Gran Vía Marqués del Turia. «Sus lujos, nuestra miseria», dice. Viene rubricado por la 'A' encerrada en un círculo que simboliza el anarquismo. Me pone de buen humor leer ese garrotazo de furia y Botox y entonces sonrío y mi corazón serpentea risueño atravesando ensoñaciones variopintas. ¿Quién habrá pintarrajeado eso? ¿Será hombre o mujer? ¿Y su edad? La caligrafía destila orden y tono exquisito, percibo ahí una educación en cole monjil o frailuno. Las letras mantienen la proporción. Claro que, sobre todo cavilo en la parte del lujo, ¿qué entendemos por el lujo? Para algunos la personificación del lujo la representaba aquel gozoso Hugh Hefner rodeado de blondas plastificadas en su mansión Playboy, con avión privado, batín de seda y yate de verano. Para otros basta con un techo sin goteras, un sofá mullido, un plato caliente de lentejas y un estupendo libro cuando cae la noche. A veces estas fruslerías me parecen el colmo del lujo, especialmente si no llama por teléfono un pelma. Acaso el lujo no es sino disponer de educación gratuita, sanidad gratuita, museos gratis, parques con árboles, piscina municipal en verano a precio de saldo, subvenciones milongueras, aquel cheque-bebé que la peña empleó para agenciarse plasmas catódicos y un poco de Erasmus para fornifollar y emborracharse por Europa a costa de la beca. Estas bagatelas sin duda a nuestros abuelos se les antojarían un lujo asiático y ahora son el pan nuestro de cada día. Esto del lujo y de la miseria es harto elástico, pero sospecho que el tío o la tía que grabó esa pintada ha vivido como mínimo acomodado. Fijo.