Las Provincias

Entre lo malo y lo peor

La situación en que se encuentra el PSOE, el partido centenario que más tiempo gobernó en democracia y hasta ahora la principal alternativa de poder a la derecha no puede ser más complicada. Su condición actual de primer partido de la oposición y una sucesión de errores e incomprensiones que durante los últimos diez meses lo han colocado en el pin, pan, pun del debate político le han llevado a una disyuntiva endiablada, frente a la cual sus militantes se hallan profundamente divididos al tener que optar con urgencia entre lo malo y lo peor.

Por un lado está su disparidad de criterio con el Partido Popular, los agravios sufridos en la anterior legislatura por una mayoría absoluta que desdeñó, si es que no despreció, toda opinión ajena y, quizás en estos momentos lo que más complica su decisión, tener que viabilizar la continuidad de un Gobierno y un presidente cuyas implicaciones o tolerancia con la corrupción será, sin duda, un mal ejemplo para las ansias de la gente de que políticamente este ladronicio no quede impune.

Pero por otro lado el sentido de la responsabilidad ante la ciudadanía fuerza a una parte de sus dirigentes -seguramente haciendo de tripas corazón- a evitar que el bloqueo actual se prolongue y acabe derivando en unas terceras elecciones. Muchos votantes quieren que sus diputados se abstengan en la próxima sesión de investidura de Mariano Rajoy, en una actitud más pragmática que deseada, mientras que gran número de militantes horrorizados continúa rechazando la idea.

Entre los militantes de un partido, que pagan la cuota de afiliación, colaboran de diferentes maneras en su funcionamiento y actúan impulsados por convicciones muy próximas con sus principios y nada con su disciplina, siempre hay una gran diferencia que en momentos como los actuales estalla. Y ante el dilema planteado, los militantes están más que divididos, enfrentados. Las posiciones son irreductibles y, aunque el calendario siempre amaina los temporales, no se vislumbra una reconciliación a tan corto plazo. Entre las opiniones que se escuchan, la más extendida es que pase lo que pase el PP ganará por partida doble: si, como parece más probable, el PSOE se abstiene de alguna manera, sus adversarios tradicionales conseguirán seguir gobernando, aunque sea en precario y con la rémora cotidiana de los escándalos, mientras que además se apuntarán el haberlo dejado tambaleándose.

La otra alternativa de los socialistas tampoco es más halagüeña: insistir en el voto negativo, que ya lo situó ante una buena parte de la opinión pública, le supondría enfrentarse a unas nuevas elecciones que, sin líder definido, con sus estructuras electorales desmanteladas y muy reciente aún el grotesco espectáculo del último Comité Federal, lo condenaría a tener que afrontarlas contra los peores augurios y las peores perspectivas.