Las Provincias

CLASES DE POLEAS

Como siempre, hay poleas y poleas; como en todo, hay poleas de casas pobres y poleas de casas ricas; las primeras son idénticas a las de los pozos y les bastó su funcionalidad; el servicio comunitario para facilitar el traslado de muebles cuando cambiar un piso era todo un acontecimiento en la calle, cuando, no en el barrio, y las vecinas se asomaban a los balcones para curiosear.

Las simples poleas aún se pueden ver en zonas donde empezaron a instalarse obreros y empleados modestos; en los primeros barrios el proletariado que comenzaba a diferenciarse de la sociedad artesana, que prefería las casas unifamiliares dada la facilidad que otorgaba el piso para instalar en el taller, unido por escalera de caracol; arquitectura que aún se puede apreciar en las zonas de Velluters y del Carmen.

Fueron garruchas destinadas a inquilinos que pagaban menguando alquiler; familias en las que una generación sucedía a otra en el arrendamiento; de ahí que las poleas casi quedaran reducidas al servicio del dormitorio del hijo que se casaba y, a lo máximo, al comedor que sustituía al viejo de los padres, en el que destacaba el aparador por su gran espejo.

Ahora bien, en las calles de Játiva, Avenida marqués de Sotelo, San Vicente, Cirilo Amorós y otras vía del Ensanche, las ruedas con hendidura para la soga adquirieron categoría ornamental en las fincas de finales del XIX y comienzos del XX, cuando los forjadores trazaron perfiles de pájaros y seres mitológicos para enriquecer el brazo de hierro que las fijaba a la fachada.

Como sencillas gárgolas destacan el remate en las del estucado y los altos techos. La soga de estos casos sujetó consolas isabelinas, papeleras valencianas y más de un piano, en el que estudiaban las niñas, por la tarde atendiendo a una profesora particular.

Hoy, cuando los muebles se desmontan con total rapidez y los montacargas que existen suplen al artilugio, las poleas, tan distintas, quedan como recuerdo perenne de que siempre hay clases.

Siempre...