Las Provincias

BIENVENIDOS AL SHOW

Tanto Donald Trump como Hillary Clinton han pasado por el programa de Jimmy Fallon, que debe de ser una mezcla entre nuestro Pablo Motos y Buenafuente. El republicano (o lo que sea) se dejó tirar del pelo para demostrar que su cabello es natural, que no lleva peluca, mientras la demócrata aceptó con humor (y supongo que resignación) la broma del presentador estrella, que la recibió con mascarilla a los pocos días de que suspendiera su campaña por motivos de salud y que tras darle la mano hizo como si se la lavara. A ningún candidato con aspiraciones -sea un populista xenófobo y racista que va por libre o sea una clásica dirigente del 'establishment'- se le ocurriría negarse a ir al programa de Fallon, como ya no hay nadie que ose decirle no a Motos, que lo mismo recibe a una estrella de Hollywood o a una figura del deporte que al mismísimo presidente del Gobierno. Hacerlo supondría no ya pasar por un político demasiado serio sino por un auténtico aguafiestas, una persona nada cercana, inaccesible, tal vez con secretos, antipática, desagradable incluso. Hay sin embargo una distancia considerable entre ser accesible, comportarse como una persona normal, y acabar pareciendo uno de esos personajes multifuncionales de los circos de hoy día que igual salen como payasos que como acróbatas o domadores de leones. Lo vemos a diario con algunos de nuestros dirigentes políticos, que no dudan en volcar en las redes sociales su vida privada y que, a la vez, convierten su trabajo público en un escaparate de nimiedades, de actos de cara a la galería pensados principalmente para ser fotografiados y exhibidos ante los ciudadanos/electores. Cualquier oportunidad es buena para lucirse porque lo importante, lo que cuenta, lo que interesa, no es tanto ser como parecerlo. Igual da un video enseñando tu casa a tu perrito que un baile en un centro para personas mayores. Cada día, un numerito. Si la excesiva seriedad puede alejar a los políticos de los ciudadanos y aislarlos en una burbuja, el riesgo de la multiplicación de imágenes banales conlleva un peligro evidente de trivialización. Como siempre, en el término medio se puede encontrar la virtud. El político debe intentar llevar una vida corriente, como la de aquellos para los que trabaja (a los que sirve), es decir, guardar cola en el supermercado, usar el transporte público, ir al cine, pasear, correr o ir en bicicleta por el viejo cauce, evitar los privilegios VIP, los palcos, los reservados, la clase preferente. Algunos (y algunas) han confundido estos nuevos tiempos de 'normalidad' con una especie de show permanente, un concurso al estilo de 'Operación triunfo' no para ver quién canta mejor, sino quién es el más gracioso, el más cercano, el más ocurrente, el más mediático.