Las Provincias

Aire viciado

Para entender lo ocurrido en Alsasua, donde dos guardias civiles recibieron una paliza por parte de un grupo de jóvenes, conviene leer la última novela de Fernando Aramburu titulada 'Patria'. En ella, dos madres de familia, amigas íntimas, se ven separadas de por vida tras un atentado en el pueblo: una es la viuda de la víctima y la otra, la madre del terrorista. La novela retrata el ambiente asfixiante del entorno, una pequeña localidad rural próxima a San Sebastián. Los silencios; los apoyos descreídos pero temerosos; los gestos de bravuconería para disipar dudas; las causas que rompen familias, amistades y convivencia. En una palabra, el veneno que permanece mucho después de callar las armas entre los vecinos de una misma calle, de una misma historia y de una misma vida. Todo ello compone una atmósfera insufrible para la libertad.

El drama del País Vasco es la falta de libertad. Por supuesto, que no valga nada la vida de una persona solo porque piensa de un modo distinto, porque procede de lejos o porque tiene un nombre español es una tragedia de dimensiones incalculables. La vida, toda vida, merece ese calificativo. Sin embargo, no es menos preocupante que las nuevas generaciones estén respirando ese aire viciado durante décadas, que los chavales se formen en el odio y que se acostumbren a que la violencia es la solución a sus frustraciones. Es un mal augurio ver que se reproducen los comportamientos de sus mayores porque eso indica que no se ha aprendido nada.

Que ETA haya sido derrotada ofrece una perspectiva inquietante en la medida en que no se ha producido la transformación social por hartazgo y falta de fe en las consignas apolilladas de la banda. Mientras la sociedad española ya ha superado esa etapa y solo espera la puntilla, el entorno abertzale necesita oxígeno para no morir de irrelevancia. A eso responden acciones como las vividas en Alsasua. Y probablemente otras que vendrán.

Podría pensarse que la negociación llevaría a otro punto pero el caso colombiano nos dice que no necesariamente es así. Con las FARC el proceso es muy distinto. Allí se han sentado a intercambiar beneficios mutuos, aunque el terrorismo nunca esté en disposición de negociar con los derechos básicos de la vida y de la libertad. Ése es el mal que introduce el pacto con grupos de este tipo. La sociedad colombiana está harta de violencia y ahíta de sangre pero no por eso deja de tener sentido de la justicia. Por eso resulta más insultante escuchar a los dirigentes de las FARC amenazando con pasar «del limbo al infierno». El terrorista golpea, rompe tobillos, insulta y amenaza, pero su entorno, si de verdad ha madurado, debe exigir un cambio de tono, de verbo y de proclamas. Si en el País Vasco no se produce esa transformación, no puede hablarse de libertad por mucho que ETA no mate. La muerte social también existe. De eso se encargan los cachorros de los encapuchados.