Las Provincias

La tomadura de pelo

Perdón por decir lo que pienso sin ánimo de incomodar a mis amigos refinados ni a mis enemigos dientes de sable. Si usted es asiduo a los suplementos culturales y al periodismo profundo será mejor que lo deje aquí y ya nos veremos en la columna de la próxima semana donde volveré a tratar entrelíneas alguna de mis querellas sexuales para su deleite. Hoy escribo una burrada del tipo: «El arte contemporáneo me parece una tomadura de pelo». Allá voy: El premio Nobel a Bob Dylan me parece una tomadura de pelo. Una gansada impropia. Darle el Nobel de literatura a un cantante equivale a: «No encontramos en el planeta escritor que lo merezca y este señor enfadado sería lo más cercano a Hemingway que hay». A los cantantes se les dan premios Grammy y a los escritores el Nobel, pero sin mezclar. Se equivocaron entonces quienes no presentaron jamás a Borges a los Grammy latinos. Alberti merecería un diploma olímpico de vela por su 'Marinero en tierra' en lugar del Nacional de poesía y al 'Cholo' Simeone le podría caer un Cervantes por su aportación («partido a partido») al refranero español. Los suecos dan los Nobel como hacen los muebles, muy baratos.

Mi madre piensa que la academia de Estocolmo ha preterido a José Luis Perales sólo por ser de Cuenca, obviando cuánta lírica pastoril exuda aquello de «¿Y cómo es él?». En cambio el sacristán de su parroquia sostiene que ya era hora de que se reconociese al autor de «Saber que vendrá, saber que estará», ese éxito de todas las misas basado en la melodía de 'Blowin' in the wind'. El lío está armado. Es la primera vez que un Nobel de literatura se debate entre cartón y cartón en los bingos. La gente aún compra libros pero ya no lee nada. Igual que los jurados del Nobel que nunca premiaron a James Joyce pero casi a John Lennon por 'Imagine'.

¿Analizarán ahora los alumnos de bachillerato letras de los Bee Gees en vez de sonetos de Quevedo o romances de Lorca? La canción protesta no es un género literario, la poesía no necesita música para ser poesía. Se basta a sí misma como la rosa de Juan Ramón.

En Valencia vivimos cierta primavera narrativa. Al genio de Posteguillo, la última confesión de Joaquín Camps o los adictivos 'Sesenta kilos' de Ramón Palomar, cabe añadir el brillante estreno de Juanjo Braulio. 'El silencio del pantano' resulta un texto caliginoso, muchas historias misteriosas confluyentes en un discurso río, más bien barranco negro y apasionante. Existe un Mefistófeles local y no es de Compromís (creo). No se la pierdan. He pasado el verano disfrutando con esta novela. Y releyendo a Carlos Marzal, metal pesado y último de la fiesta, uno de mis escasos poetas vivos. Yo le habría dado el Nobel antes a Marzal que a Dylan para escándalo de los críticos que no tienen puta idea de que el primer 'rolling stone' fue León Felipe, otro poeta desnudo de medallas escandinavas.