Las Provincias

PURA VIDA

La norma básica

Cuando de joven atravesaba la noche con sus relámpagos en nuestras ciudad existían tribus urbanas de perfiles cerrados. Skins, rockeros, mods, punkis, jevis, moteros... No era difícil que estallase alguna trifulca con furioso reparto de galletas. La mirada jugaba un papel clave entre las disputas de los machos alfa. «Que me has mirado mal, que tú a mí no me miras así...», y la pelea estaba servida. Pero la noche tenía sus reglas, sus pactos tácitos, establecidos, generalmente asumidos. Por ejemplo, a un tipo que iba con su novia jamás se le molestaba porque la presencia femenina se respetaba y actuaba como blindaje ante una agresión. «Ya nos veremos otro día...», mascullaba el broncas con alguna vendetta pendiente. Y si algún grupo acorralaba al miembro de otra pandilla en franca desventaja numérica, bastaba invocar una expresión para acogerse a terreno sagrado. «Eh, eh, uno contra uno... Todos juntos sois muy valientes, pero vamos uno contra uno...» Apelando a ese 'uno contra uno' se manifestaba la escasa hombría del combo agresor que, al escuchar ese alegato, permanecía algo abochornado ante la evidente superioridad de la masa. Ese 'uno contra uno' te solía librar del jarabe de palo y mientras los adversarios dudaban podías huir rápido y sin decoro. «Ya te cogeremos otro día...», escupían, pero te largabas al galope, feliz y con la cara, otra vez, intacta. Los 40 o 50 tarados de Alsasua que vapulearon a dos guardias civiles y a sus parejas pertenecen, imagino, a la generación curtida con los videojuegos. Desconocen las mínimas normas de la cortesía camorrista y sólo por eso merecen calabozo, exilio y vergüenza eterna. Su infinita cobardía nos indigna. Su pasión hacia el linchamiento que se ampara en el histerismo colectivo nos achanta. Uno contra uno. Esa era la norma básica, universal.