Las Provincias

EL CEÑO FRUNCIDO

El recién proclamado mejor entrenador de la temporada pasada en Segunda dice que da igual lo que suceda a estas alturas de Liga. «No importa la clasificación en la jornada diez», sostiene. Lo afirma serio, muy serio, incluso con el ceño fruncido, como si estuviera abroncando a aquellos granotas que caen en la euforia por la clasificación, seis puntos por delante del segundo. Por cierto, al parecer hay uno que va proclamando por ahí que alguien le aseguró haber visto reír en público a Muñiz en una ocasión. No hagan caso. Solo son infundios. La seriedad es marca de la casa. Mesura y prudencia. El técnico granota posee una sorprendente madurez impropia de quien no ha alcanzado aún la cincuentena. Con la sabiduría y suficiencia de quien arrastra cicatrices de mil guerras, el asturiano pontifica que la clave en Segunda son los dos últimos meses. Lo que suceda antes no es trascendente. Es casi anecdótico. Que se lo digan a Pedro López que, vistiendo la camiseta del Valladolid, no perdió un solo partido en la primera ronda y, al final, no ascendió. O aquél Levante de los noventa que arrasaba en la liga regular de Segunda B y, cuando llegaba la promoción de ascenso, solía pinchar. Aun así discrepo. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro sino después de partidos de dejadez e indolencia o, por el contrario, de tenacidad y superación. Diga lo que diga el míster, no es igual afrontar el último tramo con ventaja de seis puntos o llegar ascendidos a la jornada 37 que estar lejos de la cabeza.

Muñiz prioriza llegar al último cuarto de la competición en plenitud de facultades, con todo el equipo enchufado. «Por eso rota con notable éxito a todos los jugadores», me comenta un entendidillo. «¿Les rota a todos al salir del vestuario en la cara?», le pregunto con sorna. Croock. Bromas aparte, Muñiz no quiere que ningún jugador se quede por el camino. A estas alturas antepone la unión, la estabilidad del grupo, a los tres puntos. Y le sale bien. Combina con maestría los tiempos. Cualquier futbolista de la primera plantilla puede pasar de la grada al once titular en la misma semana y viceversa, aunque alguno arrastre una berza monumental o sea un simulacro de delantero. No importa. Juegan aunque cueste la victoria.

Los granotas desconocemos qué ocurrirá al final, salvo que todo lo que suceda será emocionante. Procuramos contener la euforia, apelar a la prudencia, pero hace ya tiempo que el Levante se volvió un equipo terrorífico, con una pegada temible. Quizá no combine belleza ni espectáculo. «Le falta demostrar la grandeza del líder», me dice el entendidillo de antes. Es cierto, no practica un juego esplendoroso. Pero, ¿y qué? También en sus emboscadas habita cierta forma de esplendor.