Las Provincias

El camino del artista

Es artista aquel que se hace dueño del corazón; el que mejor comprenda y conozca sus afectos y pasiones, será el mejor artista». A buen seguro que estas palabras de Ignacio Pinazo Camarlench volverán a escucharse esta tarde, en el homenaje que oficialmente se le tributa en el Museo de Bellas Artes. Porque hoy es cuando se cumple un siglo de la muerte de un gran artista valenciano, un pintor con fama de huidizo y tímido, de retraído, que durante años arrastró una «mala salud de hierro» aferrado a los pinceles, el aguarrás y los puros farias, las menos secretas de sus pasiones.

Menuda receta, la de adueñarse del corazón, la de arrimarse con una paleta de color a los afectos y pasiones del corazón humano, en busca de la autenticidad artística, de esa verdad que separa al artista del que 'sólo' es pintor o escultor. Las reflexiones de Pinazo nunca fueron sencillas, no era un hombre fácil de entender: quizá porque se le entendía todo. La frase citada es del año 1896, procede de su discurso de ingreso en la Academia de San Carlos. Y es un texto que durante algún tiempo funcionó como una referencia ideal, como una suerte de código moral de una generación de artistas valencianos.

Lo podemos deducir porque en 1915, casi dos décadas después, cuando la Academia decidió publicar el famoso 'Archivo de Arte Valenciano', una revista que fuera a la vez su estandarte y la más digna plataforma intelectual valenciana, insertó el discurso de Pinazo en su primer número. No fueron unas imposibles, tampoco necesarias, Tablas de la Ley; pero de alguna manera, como ahora decimos, actuaron como un 'código de buenas prácticas' para quien se acercase al arte en un tiempo que estaba ya cambiando reciamente. O que en realidad ya era otro, porque 'Las Señoritas de la calle Aviñó' llevaba ocho años guardado en el almacén de Pablo Picasso en espera del momento propicio para salir a una exposición... si la Guerra Mundial lo permitía.

«Influyen en el curso del arte las exigencias de la sociedad», dijo en su discurso un Pinazo que sintetizó, en no más de cuarenta palabras, cómo el uno y la otra se buscan, se tiranizan y caen en vicios comunes desde hace siglos. «El artista de genio pinta el espíritu de su época», escribe el hombre de Godella para explicarnos esa doble forma suya de trabajar: la de la aparente facilidad con que insinúa a la gente que toma el sol en la playa y la evidente dificultad de ahondar en la mirada, entre triste y escéptica, del comerciante que le ha encargado un retrato.

«En busca del espíritu de los tiempos», un Pinazo retraído e innovador se situó al lado de los que ignoran de corazón y buena fe, de los que quieren aprender, para despreciar los juicios de «los perfectos ignorantes, hijos de su vanidad y vil interés». Eligió el camino más difícil, y lo sabía. Aunque el tiempo le ha recompensado.