Las Provincias

LAS SORPRESAS DEL NOBEL

Años 60. No me atrevo a valorar el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Hay que saber de qué cosas sabe uno poco. De Dylan apenas sé nada. Y lo que sé, es superficial. Sin embargo, los boleros y las canciones italianas de los 60 (Mina, Modugno, Patty Pravo, Pavone) y francesas (Becaud, Piaf, Aznavour), me emocionan hasta la lágrima. Tengo amigos que me acusan de ser, musicalmente hablando, un hortera. Acepto la acusación y la pena que me corresponda. Aunque ya hablaremos de todo esto dentro de cien años.

Sabina. En la busca de voces autorizadas sobre Dylan me interesó la reivindicativa opinión de Joaquín Sabina. Una opinión muy apegada a su terreno profesional: «El gesto de la Academia Sueca hace que todos los que nos dedicamos a dignificar las palabras en el pop nos sintamos premiados con él».

Roth y DeLillo. Eso sí, lamento que el Nobel siga sin reconocer a Philip Roth (1933) y Don DeLillo (1936), por ceñirme solo a autores estadounidenses. A la Academia Sueca le gusta dejar descolocados a casi todos y este año ha vuelto a lograrlo con el premio a Dylan. Otra observación sobre el Nobel (extensiva al Oscar cinematográfico): estos galardones no son sentencias científicas, responden a los gustos de la época, a estimaciones territoriales y más de una vez a espejismos o necesidades culturales. Y reitero que no me refiero al Nobel de este año.

Los olvidados.Me limito a recordar que el Nobel de Literatura premió en 1902 al alemán Theodor Mommsem, hoy olvidado por todos; en 1904, al dramaturgo español Echegaray, que ya no se representa; en 1917 al danés Henrik Pontoppidan (¡premio para el que cite una de sus obras!); en 1939, al finlandés Frans Eemil Sillanpää (nadie se atreve a reeditar sus novelas). Respecto al Oscar, haré una observación cruel: ni Chaplin, ni Hitchcock ni Lang lo ganaron nunca (los dos primeros, solo de modo honorífico). La famosa estatuilla de Hollywood nunca podrá limpiar del todo esa ominosa mancha en su historial.

En el Carme. Del Nobel y el Oscar a Valencia. El pasado martes fui al Centre del Carme. Vi la exposición del certamen Mardel (Espacio para el arte, sin ánimo de lucro). La obra ganadora, las finalistas y tres accésit. Notable nivel medio. Gente joven y creativa. Me sorprendió la instalación de Pablo Bellot García, consistente en un vasija rota de arcilla y varios gouaches sobre papel. Se me acercó otro visitante de la sala: era un amigo de tiempos inmemoriales, un clásico de la crítica de cine en la prensa valenciana al que no había reconocido (en realidad lo había visto de lejos, sin fijarme).

¿Notas algo raro? Mi amigo señaló la vasija rota y me preguntó: «¿Notas algo raro en esa obra?». «No, nada», le dije. «En el arte actual es frecuente la metáfora sobre la ruptura y los desperdicios», añadí mostrándome ufano en mi papel de crítico de arte. «Perdona, pero no es este el caso», aclaró mi interlocutor. «La acabo de romper yo, di unos pasos hacia atrás para ver mejor una de las obras, tropecé con la vasija y se partió en varios pedazos», me explicó. Inmediatamente mi colega dio sus datos personales a una empleada del Carme, por si la dirección del museo o Pablo Bellot le reclaman que abone los desperfectos.

Incidente ilustrativo. El incidente me hizo pensar. ¿Por qué había dado yo por buena una escultura que en realidad no era tal, sino única y lisiadamente las ruinas de un original? Confieso que no me interesan las habituales metáforas sobre la descomposición de la sociedad, el abandono y la demolición de 'lo real'. Me parecen cansinas y pedestres. Pero uno transige: se puede luchar con éxito contra muchas cosas, pero no contra las modas. Las modas son ventiscas que necesitan tiempo para agotarse.

Más que a mi vida. Si en un poema de amor leemos «te quiero más que a mi vida», dictaminamos: «Eso ya lo cantó doña Concha Piquer hace décadas». Con el arte pasa algo similar. Ve uno residuos, basura y desechos con pretensiones artísticas y piensa: «¿Ya estamos de nuevo con el mismo tópico?». Lo pensamos, sí. Pero lo dicen muy pocos. Por cierto, en un gouache de Bellot luce un aforismo espléndido: «No hay amigos ni enemigos. Todos contra todos».