Las Provincias

Detener el horror sirio

El mundo asiste estupefacto al espectáculo estremecedor del cruento conflicto en Siria y, específicamente, a la matanza de combatientes y civiles en Alepo, la gran ciudad siria dividida entre los bandos de una guerra civil interminable. Interminable porque los apoderados de las partes en pugna, EE UU y Rusia, no alcanzan un acuerdo. Uno suficiente para ser aprobado por sus respectivos clientes: la heterogénea coalición anti El-Asad y el régimen sirio y sus socios. Desde que la guerra de Vietnam enfrentó a los Estados Unidos con un estado protegido y armado por la URSS, no se registraba una situación semejante de tensión entre Washington y Moscú. Como en los viejos tiempos de la Guerra Fría las dos superpotencias chocan en un inquietante escenario de auge del terrorismo y, de hecho, en defensa de sus viejas posiciones estratégicas, y las de sus aliados, en la región. El público asiste estupefacto al espectáculo que traduce, además de una impotencia sorprendente, una gran desconfianza entre los dos bloques, aliados, en cambio, en la lucha común contra el sedicente Estado Islámico. La ONU ha hecho considerables progresos gracias al esfuerzo de su mediador en la crisis, Staffan de Mistura, y bastaría asumirlos y aplicarlos sobre el terreno, pero los padrinos de cada parte, como se probó en Lausana el sábado.