Las Provincias

Aires de grandeza

No sé si son aires de grandeza, buenismo o pura ingenuidad pero hay algo en la política del Botánic que me llama poderosamente la atención. Es la tendencia a proponer leyes, regulaciones o proyectos relacionados con asuntos sobre los que no tienen competencia. La más reciente es una petición de Compromís al Gobierno central sobre la obsolescencia programada en electrodomésticos, móviles y otros aparatos, pero antes fue sobre los refugiados sirios, sobre la flotilla de Gaza o sobre los saharauis. Por lo general, son cuestiones que se resuelven y organizan desde el gobierno central y a veces más allá de él, de modo que no acabo de entender si detrás de estas propuestas está la comodidad de tratar asuntos sobre los que nadie va a pedir cuentas al gobierno autonómico o la ceguera de no ver otros problemas reales y necesitados de soluciones desde el ámbito local.

La última cuestión es muy interesante en el marco de las protestas y la manifestación del sábado en Valencia a favor de la justicia social y la pobreza cero. Sin duda, el mal reparto de los bienes en el mundo no viene solo de la mano de unos ricos malos malísimos que acaparan sino de un sistema perverso que nos induce a consumir sin necesidad. La obsolescencia programada es un truco de la industria para obligarnos a cambiar de móvil, de coche o de nevera. Las diputadas de Compromís que piden al gobierno central medidas contra esa incitación al consumo ofrecen argumentos muy interesantes como el impacto sobre el medio ambiente por los residuos o sobre las economías familiares por el endeudamiento. Alegan que, con medidas de control, se puede incentivar el sector de las reparaciones pero parecen olvidar que esa renovación constante mantiene viva la industria. El problema excede con mucho al gobierno de la nación. El nuestro es un sistema organizado en torno al consumo y sobre eso sí puede legislar un ayuntamiento o un gobierno local porque el triunfo de la obsolescencia programada no se debe solo al afán de riquezas -y creación de empleo, por cierto- sino también a la escasa formación de los ciudadanos como consumidores responsables.

En cualquier caso, sin negar interés a las cuestiones foráneas -nada humano me es ajeno, como dijo el clásico latino-, sería deseable que de vez en cuando la mirada se posara sobre lo más próximo. Es bueno preocuparse por los refugiados pero la competencia directa del Consell son los desahuciados locales. Es humano sentirse cerca de los saharahuis pero la responsabilidad del Botànic es el exilio forzodo por la elevada tasa valenciana de paro. Es loable la preocupación por la caducidad de las impresoras pero la gestión propia tiene que ver con los servicios de limpieza en las ciudades de la Comunitat. El agujero de la capa de ozono inquieta pero la pervivencia de la Albufera, también y ésa sí depende de las decisiones del bipartito. Y de ellas piden cuentas sus ciudadanos.