Las Provincias

LA PROGRESIVIDAD EN EL GASTO

La Universidad española no funciona bien. Si mira las listas que se elaboran a nivel mundial, deberá tomarse su tiempo hasta toparse con alguna de ellas, porque no la encontrará en la primera centena. Las razones que explican este claro desajuste con cualquier otro ránking, el de la sanidad, el de las empresas o el del deporte, por ejemplo, tiene causas muy variadas y profundas que no pretendo analizar en estas pocas líneas. Únicamente quería resaltar una par de ideas contenidas en el informe «La Universidad española en cifras», recientemente publicado, en donde los rectores analizan sus temas más queridos, como son los relacionados con el dinero.

Primero se alarman por el precio tan dispar al que se ofrece la enseñanza universitaria en España, según cual sea la comunidad en la que se estudie. Al parecer la relación puede ir de uno a tres si se comparan los precios de Galicia con Cataluña. Lo cual, aseguran con razón, atenta contra el principio -que debería ser, pero no lo es- sacrosanto de la igualdad entre españoles.

Esta desigualdad es muy alarmante, pero también es muy lógica. Si en las últimas décadas hemos elegido un proceso de descentralización enorme, trasvasando poder a chorros entre el gobierno central y los gobiernos autonómicos y, si en esa descentralización, la enseñanza destaca por su intensidad, ¿cómo podemos extrañarnos de que la situación actual haya derivado en 17 realidades diferentes?

Aquí tenemos que elegir. O elegimos 17 poderes libres que ejercerán sin duda su libertad y entonces tendremos diferencias; o elegimos igualdad y entonces nos tenemos que cargar una buena parte de las transferencias realizadas. Entre ellas, ésta. Porque no solo hay precios diferentes, también hay un número excesivo de universidades, cuyo nivel de calidad es más que discutible. Pero, ¿qué presidente autonómico se resistirá a disfrutar del honor de inaugurar el curso universitario, en un precioso paraninfo y rodeado de birretes, en 'su' Universidad? Respuesta: ninguno. Hay otro asunto tratado por los rectores que me parece interesante. Piden que el nivel de las tasas pagadas por cada alumno se acomode al nivel de la renta de su familia. Creo que la idea merece ser estudiada, pero no solo para esto, si no para todo. Vivimos épocas de estrecheces presupuestarias en las que los ingresos fiscales no alcanzan y los gastos sociales no merman. Por otro lado, es evidente que las subidas de los tipos impositivos despiertan recelos y causan abolladuras a la actividad. Si subes el IVA, baja el consumo; si subes el Impuesto de Sociedades, desanimas a la inversión y si subes el IRPF castigas a la población que más tira del carro.

Los tipos de los impuestos tienen ya un nivel importante. Se dirá lo que se quiera, pero el Tribunal Constitucional alemán decretó como anticonstitucional cualquier tipo por encima del 50% y aquí llegamos a veces al 65%, al cruzar renta con patrimonio. (Desde luego esto no es un mandato divino, pero si una opinión cualificada).

Entonces, si alguien desea incrementar más la presión fiscal para obtener mayores ingresos (aunque ya sabe que eso no sucede siempre), ¿por qué no incrementarla por la vía del gasto y no de los ingresos, como de manera perezosa se hace siempre? La verdad es que no he hecho ningún estudio al respecto, pero pienso que, puestos a elegir, la mayoría de la gente que soporta los tipos impositivos más elevados, preferiría pagar más por lo que usa, cuando lo hace, a que le obliguen a pagar más, con independencia de lo que use los servicios sociales.

Creo que, cuando menos, la idea merece ser analizada con calma y sin apriorismos. Igual nos sorprenden los resultados.