Las Provincias

Participación

Los ayuntamientos y corporaciones regidas por la nueva hornada populista y nacionalista proporcionan cada día estupendas enseñanzas. Aparte de cambiar los nombres de todo, lo que demuestran es que, para regir una ciudad, ya no es preciso tener ni manifestar una ideología concreta, ni llevar siquiera un programa definido. La nueva moda lo pone todo tan abierto, tan democrático y liberal, que lo único que hay que hacer en un ayuntamiento, además de odiar la corbata, es «abrir el asunto a la participación» cuando llega la hora difícil de decidir algo.

La participación es la gran panacea, el descubrimiento máximo de los partidos sin ideas, compuestos por personas que no tienen experiencia alguna en gobernar empresas privadas o públicas. La participación es el recurso que se supone que entretiene a los 'agentes sociales', la forma 'transversal' de ahondar en las entrañas del pueblo, acertar en sus secretos gustos... y perpetuarse en el poder mientras nadie se entere. Lo estamos viendo cada día: cuando la gente se rebota y aceptan hacer algo en el entorno de la Lonja, se convoca a los «colectivos» para un 'proceso participativo'. Y se intenta hacer creer que en las treinta y siete personas que asisten está representada toda la población. Con todo, a veces se cae en la trampa: el concejal se enfada con alguien que critica sus planes y le dice que estamos en la primera fase en la que el político habla y el ciudadano escucha atento y en silencio.

Muchos museos ya no tienen un programa anual de exposiciones sino que se alquilan a las propuestas de los artistas. Ciudades y pueblos se llenan de reclamos, de carteles que convocan a seminarios, mesas, foros, «networkings» y otras cien chorradas escritas en inglés donde los buenos vecinos ociosos deberíamos hacer cola para participar. Hasta que, de forma mágica, el mundo se da la vuelta como un calcetín: no es la ciudadanía la que opina sobre las bibliotecas, sino los lectores ocasionales de las bibliotecas los que deciden cómo ha de ser la ciudad; no es Valencia la que espera que se mejore el puerto sino el puerto el que se pone a decidir sobre la ciudad. Asuntos que se supone que ya fueron dirimidos en las elecciones... regresan como un bumerán. Desde el Cabanyal a los centros comerciales.

No se hace nada, pero todo, hasta lo más complejo, se convierte en «pasto de participación». Pasa con la plaza de la Reina: después de la broma de celebrar un concurso que no sirvió para nada, se rescata el proyecto vencedor y se expone al criterio de quienes no sabemos distinguir los tipos de pavimento y sus precios, desconocemos los radios de giro que reclama un estacionamiento subterráneo e ignoramos el espesor de suelo que ha de tener una arboleda cuando se ubica sobre el techo de un espacio inferior habitado. ¿Para qué hay técnicos en los ayuntamientos? ¿Por qué elegimos concejales si se pasan las horas preguntándonos en vez de decidir?