Las Provincias

El nombre de las cosas

Llevo tiempo observando que muchos nombres de establecimientos comerciales buscan llamar la atención, al estilo de aquellos grupos musicales tipo 'No me pises que llevo chan- clas', 'Un pingüino en mi ascensor', y otros por el estilo. Que se fijen en mí aunque sea para mal parece ser la aspiración que persiguen los emprendedores que se lanzan a abrir un bar, una panadería-cafetería (¿hay negocio para tantas?), una tienda de ropa, de móviles, lo que sea. He visto por ahí carteles como 'La última y nos vamos', 'Mis manoplas son las mejores', por no hablar de 'Por soplar que no quede' o 'El imperio de las tortillas'. Con esta tendencia se pierde la vieja tradición española muy de los años sesenta de rotular el negocio que se abría a partir de los nombres de sus propietarios. Es decir, cuando Roberto y Maribel se decidían a poner un pequeño bar aprovechando las dotes culinarias de ella utilizaban la primera o las primeras sílabas de cada uno y le ponían Romari (Ro de Roberto y mari de Maribel, la imaginación al poder). El bar Romari, toma ya. Y si eran Luis y Ana los que se aventuraban a probar suerte con una papelería en el barrio, antes de que llegaran los chinos y reventaran el sector, pues tu Lu y mi An forman un Luan que es perfecto, papelería Luan, no se hable más. Al fin y al cabo, no era más que una evolución de clásicos como 'La taberna de...' o 'La hostería de...', pero en versión paritaria. Pero claro, ocurrió lo que tenía que ocurrir, no sólo las nuevas modas, el cambio de costumbres, la búsqueda del impacto en los potenciales clientes, sino, sobre todo, la nueva realidad de la familia en España. Lo de Roberto y Maribel y lo de Luis y Ana y lo de tantos otros matrimonios funcionó hasta que fue el matrimonio lo que dejó de funcionar, es decir, hasta que Roberto se la pegó a Maribel con Vanessa, Maribel lo tiró de casa, Roberto se fue con Vanessa, que a su vez le había dicho a Alfonso hasta aquí hemos llegado, y de repente se encontraron con que el bar Romari ya no se podía seguir llamando Romari porque Romari les recordaba un pasado que ya no existía y tampoco era cuestión de que Roberto -que se quedó el negocio- lo rebautizara como Rovane, primero por las posibles bromas (¿roban, eh?) y segundo porque, para ser sinceros, Roberto descubrió que habiendo tantos árboles en el bosque no había necesidad de fijarse siempre en el mismo, así que después de Vanessa vino Lorena y luego Marlene, una cubana que trabajó de camarera, y más tarde Svetlana, la rusa que cuidaba a su madre y que encontró tiempo para cuidar de él. A Luis y Ana les sucedió algo parecido, aunque en su caso fue Ana la que cambió de acompañante a una media de uno cada dos años, si bien con Juan, un vecino, llegó a estar cuatro años, mientras que con Erik, un capricho de temporada, la cosa apenas duró tres semanas. Aquella solución de nombres en pareja, propia de la España de los 60, estaba condenada a desaparecer.