Las Provincias

UN MODELO REAL

Los Premios Nacionales del Deporte han encumbrado este año a Javier Fernández y a Ruth Beitia. El patinador es uno de esos casos asombrosos que se dan periódicamente en este país, como ya sucediera a lo largo de la historia con otros valiosos pioneros como Ángel Nieto, Manolo Santana, Severiano Ballesteros, Manel Estiarte, Rafa Pascual... Es, en apariencia, un tipo sencillo que se fue a buscarse la vida en Estados Unidos y Canadá con un técnico extranjero porque aquí estaba ya en un callejón sin salida. Beitia, en cambio, nunca salió de casa. Ni de Santander, ni de la Albericia. Nunca escapó de allí. Ni falta que le hizo.

A la cántabra la conozco desde hace quince años. El Valencia Terra i Mar fichó a esta espigada saltadora de altura llamada a convertirse en el nuevo referente de la prueba en España. La historia es conocida y fue mucho más allá. Primero se apoderó del récord nacional y lo elevó muchos centímetros, luego empezó a arañar medallas en los campeonatos internacionales, aunque siempre se le acusaba de fallar al aire libre, en las grandes citas, y luego llegó su amago de retirada tras los Juegos de Londres, con 33 años, y su segunda juventud. La plenitud

Los títulos se fueron sucediendo y la culminación de su gran obra, 26 años de trabajo, mano a mano, con Ramón Torralbo fue su fabuloso título olímpico en Río de Janeiro a los 37. Un éxito tan grandioso que casi ha eclipsado dos hitos más: ser la primera mujer en encadenar tres medallas consecutivas en el Europeo al aire libre en salto de altura, y su segundo triunfo seguido en la Diamond League, donde compiten las mejores en los grandes mítines.

Nada de eso es lo que me deslumbra de Ruth. Ella es algo mucho mejor que eso. Sí, es muy buena y muy trabajadora, pero el motivo de traerla a la cantina es otro. Es el momento de abrir un botellín de cerveza, como los que se toma tan ricamente después de los entrenamientos, y explicar por qué esta deportista sí es un modelo válido para los jóvenes.

La fidelidad. Ruth lleva 26 años al lado de Ramón Torralbo, un entrenador de la periferia, con todo lo que eso conlleva en un deporte como el atletismo, donde cada año -lo acabamos de ver con el alicantino Eusebio Cáceres y el castellonense Pablo Torrijos, que se terminan de mudar a Madrid- los dos centros de alto rendimiento, en la capital y en Barcelona, ejercen un irresistible poder de atracción apuntalado por la propia federación española. La flamante campeona olímpica ha tenido delicados momentos de debilidad en su carrera, campeonatos cerrados con lágrimas, momentos de frustración, pero jamás dudó de la profesionalidad de un técnico sabio.

La amistad. Antes de ser la mejor de Europa, la diosa olímpica, tuvo que arrancarle el cetro a una brava saltadora navarra llamada Marta Mendía. Ambas protagonizaron unos duelos memorables en los campeonatos de España. Ganara quien ganara, las dos acababan el concurso dándose un sincero abrazo. Luego recogían los bártulos y se iban a cenar juntos. Yo, la primera vez que vi aquello, no me lo podía creer. Con el tiempo, a medida que creció la ascendencia de Beitia sobre el resto de rivales, españolas y mundiales, los abrazos se han repetido y, con la diferencia de edad, muchas competidoras ven en ella cómo les gustaría ser camino de los 40.

La humildad. En algunos campeonatos de España, tras ganar su enésima medalla, Ruth Beitia puede tirarse perfectamente media hora firmándole autógrafos a los niños, y a los no tan niños, que acuden a ella. Sin una mala cara, sin una mueca de hartazgo.

La generosidad. Si puede ayudar a alguien, le ayudará. Sin dudarlo. En su casa vive una joven saltadora que quería prepararse con su entrenador y no podía pagarse un piso. O puede abrir su vida de par en par para que una niña que la admira y que dice llamarse 'La pequeña Beitia' entre en un viaje de visita que le hizo a Santander.

La felicidad . Esta virtud es, para mí, la más destacable y la más desconocida. Ruth Beitia es una persona sumamente positiva y lo contagia a todo el que está a su lado. Todos sus amigos valoran que ella hace mejor a los demás, que los hace más felices, un don que quizá debería explotar cuando caiga el listón por última vez. Cuando se vaya una atleta inolvidable y quede una persona admirable. Un modelo de verdad.