Las Provincias

VÍCTIMA DE SÍ MISMO

De Piqué he escrito a favor y en contra, procurando no aplicar de un modo automático prejuicios políticos ni apriorismos ideológicos que llevan a algunos opinadores a hablar siempre mal o siempre bien de un personaje, sin aburrirse ni desdecirse. Cuando el central catalán se ha metido innecesariamente en líos, lo he criticado y afeado su conducta, pero cuando ha sido injustamente atacado como jugador de la selección por haberse mofado -en su calidad de 'culé'- de las derrotas del Real Madrid, lo he defendido. Que le piten los madridistas cuando juegue contra su equipo, no confundamos lo uno con lo otro. Sin embargo, ahora, cuando anuncia que después del Mundial de 2018 dejará el combinado nacional, pienso que ya da igual, que no vale la pena tomar postura, que es inútil añadir nada, que para qué, que el pescado ya está vendido. Y, sobre todo, que la culpa, la responsabilidad, es suya, sólo suya y nada más que suya, de Piqué. Sí, Gerard Piqué es uno de esos famosos que son a su vez tuiteros compulsivos, que viven con el móvil en la mano, que ponen su vida en el escaparate de las redes sociales, que comparten fotos, celebraciones, comidas, cenas, alegrías y tristezas, cumpleaños, aniversarios, nacimientos y defunciones, paellas, tortillas de patatas y helados, tartas, velitas, banderitas, regalos, bailes, bromas, paisajes, sueños, la decoración de su casa, la habitación del hotel, el interior del avión, el compañero que ronca, el coche que se ha comprado, la bicicleta del niño, los tomates que le han regalado en un puesto del mercado, las entradas adquiridas para un concierto, el menú de un banquete, el anillo para su novia, la fiesta con los colegas, las zapatillas que se acaba de comprar, todo, todo, todo, cualquier detalle, el momento más intrascendente, la cuestión más banal, todo colgado en internet, en la vía pública, al alcance del que pasa, en permanente e indecente exposición. A Piqué no lo ha machacado el periodismo serio, no se han cebado con él ni Segurola, ni Sámano, ni Ramón Besa, ni Paco González ni ninguno de los buenos periodistas deportivos o dedicados a la información de deportes que hay en España, que haberlo haylos, porque hay vida más allá de las tertulias chillonas y estridentes en las que unos hinchas descerebrados y unos actores mediocres gritan y se quitan la palabra unos a otros. A Piqué lo han maltratado las redes sociales, la plaza pública de las mezquindades, los rencores y las mediocridades, esas mismas redes sociales que él, y otros como él, han contribuido a alimentar, que ensalzan e idolatran, para las que piensan, sienten, viven y también padecen. Ahora se queja, sale huyendo, se hace el ofendido, pero en realidad es una víctima de sí mismo, de su propia creación.