Las Provincias

EL REGRESO

La Academia Sueca, para que el culo no le huela a la pólvora fundacional, ha cometido el acierto de otorgarle a Bob Dylan el Nobel de Literatura. El cantante estadounidense quiso unir al mundo, no sólo cantando lo que se pierde, sino juntando lo que estaba por llegar. Como el tiempo suele diferir de los calendarios, él rescató la poesía, que se había convertido en una secta, y la llevó a la calle sin necesidad de leer a los clásicos, pero escuchando sus ecos. La vihuela, en sus sucesivas variantes, ha vuelto. Hay poesía donde hay canción y este judío listísimo, perdón por la redundancia, la ha vuelto a poner en la calle para que la oigan todos, no únicamente los que estaban en las localidades de primera fila, sino los que pasaban por allí. El trovador se ha acercado a su público por el mejor de los procedimientos, que no es el que los que estén lejos de la montaña suban a ella, sino bajarse de la cumbre para que lo escuchen todos. Identificamos la palabra 'popular' con los asientos más baratos, o sea, con los más incómodos, pero algo ha cambiado. En el supuesto de que no haya cambiado todo.

Los que se sorprenden de que el Nobel de Literatura haya recaído, después de tantos batacazos, sobre un cantor y un acusado de lo cotidiano, han dejado de ser contemporáneos. Nuestro Antonio Machado dijo que la poesía era algo que estaba más allá y no la buscaba ni en el mármol duro y eterno, ni en la música, sino en «la palabra en el tiempo». Mucho antes que él, los griegos llamaron a los poemas «retornos». Se canta lo que se pierde, pero también lo que no ha llegado. Por eso somos numerosos los desnortados que tenemos nostalgia del porvenir. ¿Cómo será el mundo para los sucesivos y efímeros inquilinos de este planeta, que dicen que es uno de los que forman parte de las millones de galaxias que andan por ahí? Antes de que la nada fuera descubierta, porque antes no había nada. Ni siquiera académicos suecos repartiendo inmortalidades.