Las Provincias

Fiesta grande en Ávila y en el orbe católico

En la Castilla mesetaria, la ciudad de Ávila -la del Rey, la de los Leales y la de los Caballeros- vestirá hoy sus mejores galas. El recinto pétreo de su medieval fortificación, testigo de las andanzas de personajes decisivos en la historia de España y del mundo, albergará toda la alegría con que sus habitantes son capaces de conmemorar la festividad de su hija más universal. En esta noble y elevada capital -la más alta sobre el nivel del mar-, encontró Santa Teresa de Jesús (1515-1582) el entorno geográfico, social y espiritual de su vida en el mundo.

El talante humano de esta mística carmelita, fundadora, doctora de la Iglesia, escritora y patrona de los escritores españoles. sigue latiendo hoy en cada una de sus palabras, como inequívoco signo supremo de una inmortalidad que cautiva dentro y fuera de la historia de la espiritualidad católica. Su genial personalidad no solo honra a Ávila y a España sino incluso a la humanidad entera. La densidad de sus relaciones sociales, la relevancia temporal de sus actos, la trascendencia de su espiritualidad, la grandeza de su obra fundadora, la universal influencia de sus escritos, su presencia constante en todas las culturas. la han convertido en egregio ejemplar de la civilización.

La peripecia vital de esta mujer es conocida de primera mano gracias a su propia obra literaria, en la que se abarca biográficamente desde su infancia hasta poco tiempo antes de su muerte. Su espíritu no solo sigue presente en nuestros días, sino que hoy está todavía muchísimo más extendido de lo que estuvo cuando vivía en este mundo y de lo que ha estado en todas las épocas anteriores a la actual conjuntamente sumadas.

Movida por la viva sugestión que sobre ella ejercía la forma colectiva de vida espiritual fundamentada en la antigua disciplina monástica de los eremitas del Monte Carmelo de Palestina, sintió la necesidad de emprender la reforma institucional carmelita, cimentada en la vida comunitaria de oración y contemplación propia de la descalcez. Este es el núcleo de una actitud vital que pretende mirar toda realidad con los ojos de Dios. Es la piedra angular de la empresa religiosa teresiana: alcanzar un ejercicio de amor que no se circunscriba solo a unos momentos concretos del día, sino que abarque la existencia en su integridad. Consideró que la oración ha de ser inevitablemente el eje sobre el que gire el cosmos de la espiritualidad humana, hasta el punto de llevarnos a ajustar la propia voluntad a la divina, pues su razón de ser no es otra que el ordenamiento del alma a Dios.

El fundamento de ello está en la naturaleza espiritual del ser humano, que, creado a semejanza de Dios, solo se sentirá plenamente gozoso cuando, en su proceso de maduración espiritual, se produzca en grado eminente el encuentro personal con el Dios vivo. En su itinerario hacia la gran revelación de lo Absoluto ocupa la oración («tratar de amistad con quien sabemos nos ama») un lugar privilegiado. Llamada a actuar en el mundo la presencia de Dios, la oración inerva las tareas más humildes y cotidianas («entre los pucheros anda el Señor»), debiendo acabar siempre en conocimiento de uno mismo y del Ser Supremo.

Al igual que nuestro cuerpo ocupa un espacio y necesita del aire para respirar, nuestra alma precisa instalarse en una soledad en la que -para recorrer su camino hacia la plena unión con Dios- encuentre la fuente de agua viva suministrada por la oración. La aportación principal de nuestra Santa a la historia de la mística consiste en su metafórica y pormenorizada descripción de los grados de oración. Aunque trata también de ello en 'Vida' y 'Camino', como 'Moradas' es su obra de mayor madurez espiritual, los grados de oración allí abarcados pueden reflejar su concepción definitiva al respecto: meditación, recogimiento, quietud y unión. La intimidad de la unión tiene como efecto la profunda paz del alma, la cual se olvida de sí para entregarse a las obras: servicio a Dios y al prójimo («mientras más adelante están en esta oración, más acuden a las necesidades de los prójimos»).

Para un mundo que no vive de la oración, ni la frecuenta -incluso la ignora-, quizá la lírica visión gráfica de la escritora y académica Carmen Conde (1907-1996), gracias a la eficacia de su lenguaje contemporáneo, pueda facilitar su comprensión: «orar es irradiar calor y sonido fuera del coeficiente de los humanos sentidos». Al orar, se emiten «ondas de prieta frecuencia que el oído de Dios espera. El amontonamiento de la voluntad orante es una catapulta invisible e inaudible que no por eso deja de poseer una fuerza ascensiva y perforante». Estas ondas irán «vibrando, de mundo en mundo, para abrirse en fabulosa corola hechora de vida. Una columna maciza de oración se eleva buscando su sitio adecuado en el cosmos. Muchas columnas formarán el soporte necesario para la bóveda del castillo que se ofrece como seguro alojamiento al alma». De todas estas -y muchas más- virtualidades del orar era sabedora la universal descalza abulense.