Las Provincias

La transformación

Cuando alguien me sugiere la oscuridad de algo que he escrito me mantengo en mis trece. Siendo importante la claridad, conviene que se sirva en la penumbra. Echo en falta la altura que desprendían los conceptos que los estadistas elaboraban cuando la política implicaba reflexión oxigenada, distanciada del día a día. La unidad de medida del tiempo de las sociedades no puede reducirse a la prescindible urgencia de las redes sociales, el titular del diario del día siguiente, o el cómputo del mandato del Parlamento. En un libro de conversaciones de André Malraux con el general De Gaulle cazo una frase sobre Napoleón: «Como todos los hombres de la historia, que no son hombres de teatro, llevaba en sí la necesidad de transformar la confusión en orden». El orden no es, como algunos piensan, la conservación y defensa de los privilegios. El orden es la previsión. El orden es la seguridad de la posición actual. El orden es la identificación de la dirección que conviene emprender para consolidar los avances. El orden es orientar el futuro y amortizar la confusión, que puede ser un pecado transversal a izquierda y derecha. El auténtico éxito de la Revolución fue Napoleón decía De Gaulle, con gran intuición: «La Revolución, en este sentido, había sido un cuento fantástico. Transformó al convencional en prefecto». Me sorprende en la prensa una entrevista con una actriz que incide en la mala reputación de Valencia. «Lo-que-ha-pasado-en-Valencia» se ha convertido en una pesada etiqueta que llevamos colgada para exportar, escribir o emprender. Cuando estudiaba ni la autoría de los delitos, ni las penas eran colectivas. Ahora debe ser todo igual, supongo. Me debo de haber perdido cuándo se ha celebrado el juicio, y hecha pública la sentencia que declara culpable a toda nuestra sociedad. Es lo que pasa con la mala reputación, que no admite matices. Basta que se alimente con medias verdades, o medias mentiras. Georges Brassens cantaba aquello de la mala reputación, cuando hicieras lo que hicieras tu suerte estaba echada. Hay buenas reputaciones, también colectivas, que se alimentan y necesitan mantener viva la mala reputación. De esa manera, ahora y mañana, justificando lo que pasa ahora con lo que pasó antes no avanzaremos. Porque si al menos tuviéramos una sentencia colectiva, con los términos concretos de la pena aplicada, el paso del tiempo nos permitiría cancelar los antecedentes penales. Pero igual ni la mala reputación era tan mala, ni la buena reputación es tan buena. El desarrollo de Occidente se ha sustentado en la imperfección. Las ideologías perfectas han llenado los cementerios de víctimas. Tendrá que llegar el momento en que alguien se decida, sin teatro, a transformar la confusión en orden. Que el ejercicio del poder deje el gorro frigio en el armario, y convierta al sujeto de la Convención en el prefecto que se ha de dedicar a gobernar. No se nos puede ir la vida en tanta liturgia.