Las Provincias

REALIDAD Y FICCIÓN

Antes, cuando veía películas de acción, me gustaba ponerme en el lugar del protagonista. Aguantaba la respiración cuando se sumergía en el agua en la ficción o apretaba los dientes cuando tenía que escapar a contrarreloj de alguna explosión. Porque, en el fondo, quería llegar a ser así. Con el paso del tiempo me di cuenta de que mi rol cuadraba más con el del amigo simpático, el encargado del alivio cómico a base de algún chiste fuera de lugar o de un tropezón en un momento triste de la película. Pero fuera cual fuera mi papel, siempre sobreviviría. El anterior fin de semana, sin embargo, me di cuenta de que todo este tiempo he estado viviendo una gran mentira. Fui al parque de atracciones feliz como una niña pequeña, y todo iba de maravilla hasta que decidí entrar en un nuevo pasaje de terror, con señores caracterizados de zombies con ansias interpretativas incluidos. No es un ataque de muertos vivientes de verdad, pero con esta atracción es fácil hacerse una idea de la reacción que uno tendría en la vida real si llegara a desencadenarse semejante apocalipsis. Ilusa de mí, después de haberme empapado de películas y series sobre ataques de no-muertos, de ver esos telefilms de sobremesa con tiburones zombie de cartón-piedra y de leerme algún que otro libro sobre el tema, creía estar preparada para enfrentarme a una situación similar. Quién iba a pensar que acabaría chocándome y arañándome contra las paredes, empujando a familias que venían a pasar el día y corriendo entre gritos para salir de ese pasadizo oscuro inundado de falsos zombies, al borde del llanto y del infarto, y sin ya un ápice de dignidad. No estoy orgullosa de haber salido de allí con la mirada de un ex combatiente de Vietnam, pero por lo menos me llevé una lección aprendida: por muchas películas que me haya montado, en un apocalipsis zombie seré la primera en caer.