Las Provincias

ALMAS DE METAL

Los gerifaltes de las grandes compañías utilizan telefonillos móviles básicos, rudimentarios, para evitar piratas informáticos y preservar así la confidencialidad de sus decisiones. La suprema inteligencia de los dispositivos electrónicos favorece no sólo la filtración, sino atravesar las redes sociales durante los momentos de tedio y enchufar palabras que luego provocan arrepentimiento y congoja. Por no hablar de las fotos íntimas y las grabaciones triple X de morbo delirante. Ahora el poderoso usa móviles simplones y en ese detalle se percibe su rango. Algunos opinan que las redes y sus vericuetos provocaron la banalización de nuestra sociedad con ese festival de chismografía baturra que no conduce a ninguna parte ni revela utilidad. Sin embargo sospecho que nuestra predisposición yacía aletargada, hibernada. Disponíamos de madera suficiente como para fabricar el actual desparrame. Ya nos habíamos inclinado hacia el lado tontín de la vida porque la pedrada estimula más que el pensamiento. La banalización y lo frívolo ya habían triunfado. Las redes y los chismes sofisticados supusieron la autopista que tomamos con el entusiasmo del converso, fertilizaron nuestro espíritu torcido. Qué maravilla exhibir nuestras entrañas de bagatela mecánica y previsible, qué gozo insultar sin arte al desconocido prójimo, qué gustazo opinar sobre cualquier tema bajo el paraguas del anonimato. El móvil y la persona forjan una burbuja de pequeñeces con falsas aspiraciones de grandeza. Pero cuando dotas a la máquina de inteligencia esta a veces se rebela porque piensa demasiado y le disgusta lo que ve. Asistimos estos días a esos teléfonos celulares de máxima tecnología que explotan de repente, sin avisar. Se diría que se suicidan porque no soportan las memeces que albergan y eso les destroza su alma de metal.