Las Provincias

La violencia se nos ha sentado a la mesa

A mí cualquier declaración de Trump no me sorprende en absoluto. Esta semana aparecía un audio en el que se vanagloriaba de que las mujeres le dejaban hacer lo que él quisiera por su condición de superestrella. Él después pedía disculpas. De cara a la galería, no me cabe duda. Su esposa aseguraba que no reconocía a su marido en esas palabras. Pues debe de ser la única. El resto estamos hartos de escuchar al candidato republicano soltar barbaridades. Cabe recordar, entre otras lindezas, que a algunas mujeres las ha llamado cerdas, gordas, perras, animales asquerosos. Cuando la presentadora Megyn Kelly le pidió explicaciones por estos calificativos a él no le gustó en absoluto. Y no se le ocurrió nada mejor que afirmar que a la periodista «le salía sangre de los ojos y de todos los sitios». Trump combina comentarios machistas y racistas indiscriminadamente. Pidió el bloqueo total a la entrada de musulmanes en Estados Unidos, amenazó con devolver a los refugiados sirios a casa si ganaba las elecciones y aseguró que de México llega gente que «tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores».

La estigmatización, la discriminación y el menosprecio campan a sus anchas en una sociedad que cada vez se escandaliza menos de algunos improperios y que no penaliza estas conductas. Y no me refiero a pagar multas, que son meros trámites. Tenemos a tertulianos políticos que llaman gorditas a las alcaldesas que no les gustan, y a obispos que opinan que se debería retirar el voto a las mujeres porque piensan demasiado. Cualquier defensa hacia minorías o grupos sociales desfavorecidos se observa como una amenaza y se califica de extremo. Se hace desde púlpitos y televisiones.

A la cría de 8 años de Palma a la que un grupo de chavales de no más de 13 años le propinaron una paliza le llamaban marimacho porque le gusta jugar a fútbol y vestir con chándal. Le decían que las niñas eran inferiores a los niños. No busco ninguna disculpa hacia el comportamiento de estos muchachos pero sí alguna explicación. Tal vez no considerasen que lo que estaban diciendo fuese tan descabellado. Probablemente estos muchachos hayan asistido a charlas de adultos en las que se condena la diferencia y en las que se bromea sobre aspectos físicos o referidos a la condición sexual. El árbitro Jesús Tomillero denuncia cada semana los exabruptos y amenazas que recibe en los campos de fútbol desde que reconoció su homosexualidad. Cuenta el modo en que muchos padres le insultan delante de sus hijos. Cómo nos va a extrañar después que esos muchachos se comporten igual con los que ellos consideren diferentes o inferiores.

Nos ciega la sinrazón y nos mueve la violencia. Y algunos se amparan en sus creencias o en sus ideologías, como los antitaurinos que desean la muerte al niño que quiere ser torero. Pero luego nos echamos las manos a la cabeza. O eso simulamos.