Las Provincias

PEPE HA MUERTO

Doce años desfilando a toda pastilla suponen muchos kilómetros entre los cuernos. Pepe, la cabra Pepe de la Legión (¿no era un carnero?) ha muerto justo cuando llevaba dos meses jubilado. A Pepe le ha pasado lo que a muchos jubilatas cuando les obligan a renunciar a la rutina de sus labores, que fallecen por aburrimiento, tedio, melancolía, depresión. ¿Y ahora qué hago yo sin acudir a la oficina? Y palman en el sofá rápido y sin quejarse mientras veían un programa de María Teresa Campos. Pepe nos ha dejado quizá porque añoraba su vida marcial y también porque se ha enterado del plan de Manuela Carmena: quitar la calle a Millán Astray en Madrid. Eso le ha quebrado el corazón a nuestro Pepe pues su sensibilidad cabrita no comprende los ajustes de cuentas retroactivos. Si en España primase la normalidad nuestro callejero vendría salpimentado por generales y líderes de uno y otro bando. Una fiera como La Pasionaria podría compartir vecindario de asfalto con Queipo de Llano, aquel militar que odiaba tanto a Franco que le puso de mote 'Paca la culona' (sólo por esa faltada ya merece calle). Si la heridas hubiesen cicatrizado, y ya va siendo hora, todos tendrían su hueco, de Durruti hasta Moscardó, porque todos forman parte de nuestra Historia y las nuevas generaciones aprenderían a cohabitar con esos nombres sin que el rencor asomase por sus poros. Me gustan las pelis de caballería de Ford porque destilan el mismo respeto hacia el sudista general Lee o hacia el nordista Sherman. Pero aquí no, aquí nos empeñamos siempre en vapulear al otro porque nos motiva la venganza y el perdón, incrustados en nuestros corrales de campanario, se nos escapa. Somos así pero a lo mejor algún día cambiamos el chip y logramos amortiguar la pasión chapucera, excesiva, que nos acompaña. Pepe ha muerto. No me extraña.