Las Provincias

Metrópoli

No han puesto una placa porque falta sensibilidad. Pero por aquellos andurriales, en los sesenta, el Ejército español puso en mis manos una granada de mano, con el infeliz resultado de que la lancé tan cerca que casi se arma la de Dios es Cristo, dicho sea con perdón: menos mal que el artefacto tuvo a bien ayudarme y no estalló.

Evoco aquellos «años bárbaros» porque casi desde entonces anida en Paterna el deseo ardiente de convertir unas extensas colinas improductivas en algo, siempre de signo comercial, que proporcione al municipio más fama, notoriedad, impuestos y empleo. Porque casi desde entonces -mi desastre debió llegar a las alturas- Defensa, o mejor su fiel asociado, Hacienda, quiere liquidar aquellos terrenos baldíos y sacarles la mejor rentabilidad.

El último episodio ha sido Puerto Mediterráneo, un gigantesco centro comercial, un polígono de ocio y negocio, un 'shopping resort' de muchos millones, al que el Consell ha dicho nones pretextando argumentos de fauna y flora, que son los que marca la moda. Pero antes ya habíamos asistido al episodio de la Zona Franca y mucho antes otros inventos más. Porque desde que Valencia ubicó en Benimàmet la Feria y los Moisés del urbanismo metropolitano nos dijeron que era preciso crecer hacia el secano para salvar la huerta, El Dorado valenciano ha tenido allí uno de sus mejores horizontes.

El asunto es trágico, de los que dividen la cartera y el corazón. Uno quisiera que Valencia se desarrollara y tuviera una necesaria piscina con olas de surf; pero uno también quisiera que la CV-35, la autovía de Ademuz, no se colapsara hasta la calle de Ángel Guimerá, que es lo que seguramente ocurriría si semejante monstruo comercial se situara donde nos lo proponen.

Todo eso explica mi melancolía; la tristeza que da comprobar que han pasado treinta años y no hemos sabido recomponer organismos razonables que modulen el urbanismo del área metropolitana. Organismos que vengan a ordenar dónde situamos estos modernos centros comerciales, pero también, desde luego, la necesaria reserva de suelo para los proyectos o necesidades de la Valencia del 2050. ¿Por qué no poner allí el parque metropolitano que Valencia necesita -un bosque, vaya- tras la saturación ya evidente del río Turia desde Ribarroja hasta el Oceanogràfic?

Se supone que debe haber sitio idóneo para todo y que hemos de ser capaces de encontrarlo. Habrá que ir pensando qué hacemos en la «otra orilla del ya saturado by-pass». Y desde luego habrá que tomar decisiones políticas de índole supramunicipal, si no queremos que metan sus «pecadoras manos» la Generalitat o el Gobierno central. Se necesitan herramientas adecuadas para gestionar una gran metrópoli y es evidente que la voz cantante de las decisiones las ha de tomar la ciudad de Valencia en un contexto de reducción de la desmesurada maraña de 43 municipios; que esa es otra.