Las Provincias

Talibanes ibéricos

Nada cunde más ejemplo que el fanatismo salvaje. Lo estamos viendo con los islamistas quienes consiguen imponer sus pasiones descerebradas por donde pasan. Fanáticos han existido en todas partes, en todas las culturas, con todas las ideas y en todas las religiones. En España hemos tenido y -¡oh, Dios!- todavía tenemos algunos que lejos de repudiar las atrocidades que cometen los islamistas cuando adquieren poder territorial enseguida intentan imitarlos.

Hace unos años el mundo de la Cultura se estremeció ante la noticia de que los talibanes que gobernaban en Afganistán habían dinamitado las famosas y colosales estatuas de Buda de Baminyan, esculpidas en una roca en los siglos III y IV. Han pasado quince años, los talibanes ya no gobiernan en Kabul, pero los esfuerzos internacionales por reconstruirlas todavía no han conseguido más que convertirlas en imágenes virtuales. Podemos admirarlas en la pantalla del ordenador, pero aquellos locos intolerantes ya nunca nos permitirán contemplarlas como realmente eran. Ocurre lo mismo con las riquezas monumentales de las antiguas culturas africanas que se conservaban en Tombuctú (Mali). Bastaron unas semanas para que las milicias salvajes de Ansar Dine o Al Qaeda del Magreb acabasen con buena parte de tan valioso patrimonio de la humanidad.

Aquellos bárbaros que llegaban Sahel abajo se fueron llevando por delante bibliotecas, museos, tumbas y hasta la gran mezquita de Djingareber que no respondía a sus obnubilaciones religiosas. Incluso los cementerios fueron saqueados y las tumbas de personas famosas, demolidas. Aquellos desmanes fueron denunciados por los medios de comunicación y censurados por todos los ciudadanos civilizados y, hace unas semanas, su principal instigador, Ahmad al Fagi al Mahdi, condenado a once años de cárcel por la Corte Penal Internacional. Pero nada inhibió a otros secuaces de la misma ralea para continuar con su voracidad depredadora de los recuerdos y obras de arte del pasado.

El último y más resonante ejemplo se produjo unos meses atrás en la ciudad siria de Palmira, donde se conservaba la mayor riqueza arqueológica del mundo árabe. Durante el tiempo que permaneció bajo control del Daesh (ISIS), aquellos monumentos de dos mil años atrás fueron derribados sin contemplación y el arqueólogo que los conservaba ejecutado de manera bestial.

Hoy la humanidad es más pobre por culpa de los fanáticos yihadistas. Estos hechos me han venido a la memoria cuando escuché que otros descerebrados, estos más próximos, quieren 'limpiar' Barcelona de monumentos que no ensalcen sus pretensiones secesionistas, empezando por la estatua de Cristóbal Colón (a pesar de que hay soñadores nacionalistas que aseguran que era catalán), inseparable del perfil de la ciudad. ¿Será posible -me quedé preguntándome- que también haya talibanes en la península Ibérica? Aquí se autodenominan 'cuperos'.