Las Provincias

El mástil de la Senyera

Nunca imaginé que la polémica del 9 d'Octubre fuera el mástil de la Senyera. Que fuera la bandera, la letra del himno, el Te Deum o el recorrido de la procesión tiene su sentido. Pero que nos preocupe el peso del mástil y sintamos que un cambio operativo es una modificación sustancial de un objeto sagrado resulta cuanto menos extraño. A la concejala Tello le inquieta el excesivo peso. Es comprensible. No se trata de salir al balcón. Hay que portarla durante un rato y vencer la resistencia del aire. No sería justo que alguien se quedara sin portarla por no aguantar su peso, aunque hemos de reconocer que ese 'alguien' es un círculo muy reducido: los concejales. A los demás ciudadanos nos da igual el peso porque nunca podremos llevarla. Estamos asistiendo a una polémica ad intra, porque este ayuntamiento que nos abre el balcón no nos permite, sin embargo, portar la bandera por turnos. Seríamos miles los que soportaríamos un lumbago de meses con tal de poder honrar así a la Senyera.

Pero sí, el error de Tello fue atribuir peores condiciones físicas a la mujer. Conociendo a algunas concejalas que son o en su día fueron, algunos hombres tendrían más dificultades que ellas para llevar la bandera.

La falsa polémica en torno al mástil es el resumen de la política del Cap i Casal: cierta improvisación, una oposición al degüello y un entretenimiento en cosas irrelevantes mientras la ciudad pide a gritos gestión, acuerdos y un verdadero «tots a una veu». El mástil de la Senyera simboliza aquello que debería reunirnos a todos en un solo sentir para sostenerla, hacerla ondear orgullosa y ayudar al Reino a avanzar hacia un progreso mayor y universal. En lugar de potenciar esa actitud, nuestros políticos se dedican a discutir, diletantes, el peso del soporte. Del «Tots a una veu» hemos pasado al «Flamege en l'aire nostra Senyera».

Y, sin embargo, la frase siguiente del Himno queda oculta y no consigue aglutinar a nuestros políticos. El «Gloria a la Patria», hoy, 12 de octubre, ha sido sustituido por un «Cantinero de Cuba, Cuba, Cuba», con Ximo Puig y una nutrida corte comercial haciendo las Américas. A pesar de las críticas del PP no es mala opción abrir mercados y rutas hacia un país que intenta despegar y que lo hará en breve. No hay más que ver la rapidez que algunos, como Hollande, se dieron por aterrizar en La Habana en cuanto Estados Unidos dejó ver que su economía le pide a gritos mirar hacia el Sur. Ahora bien, visitar una excolonia en fecha tan señalada, teniendo unos socios de gobierno que mantienen el discurso del imperialismo español es poco inocente. Defender, como hacen los jóvenes de Compromís, que España ha mantenido «a otras naciones bajo su yugo» convirtiendo a Moctezuma en un Puigdemont avant-la-lettre resulta enternecedor. La sensación de no tener una ruta clara, coherente y definida aún permanece. El problema no es el mástil; es hacia dónde camina.