Las Provincias

La democracia participativa era esto

Hace un par de semanas, a la salida de una magnífica cena en un marroquí situado a espaldas de nuestro Jardín Botánico, me ofrecí a acompañar a mis dos invitados -un cordobés del otro lado del Atlántico y un 'granaíno' de esta orilla- hasta sus respectivos hoteles. Y al pasar por la confluencia entre el Paseo de la Pechina y la Calle Turia detuve un momento el coche y les insté a contemplar el primer fruto de la puesta en marcha en Valencia de los celebérrimos «presupuestos participativos». Uno y otro se asomaron por sus respectivas ventanillas, esperando encontrar quizás una imponente biblioteca, quizás un amplio polideportivo. Así que tuve que advertirles que a donde debían de mirar no era ni a derecha ni a izquierda, sino abajo y al frente: y es que el fruto de la novedosa participación vecinal ensayada por nuestro ayuntamiento no eran sino unas rayas blancas pintadas sobre el asfalto. Un paso de peatones.

Un paso de peatones, que constituye apenas la punta del iceberg del formidable engaño perpetrado desde la flamante Concejalía de Participación Ciudadana, y que se pone de manifiesto con un dato: el de que a estas alturas, son solo tres las obras finalizadas, veinte las que se hallan en ejecución y 86 las que están pendientes incluso de adjudicación.

Y un formidable engaño que es a su vez la consecuencia de un evidente despropósito: el de endosarnos a los ciudadanos la toma de decisiones que en buena lógica deberían ser calibradas, presupuestadas, priorizadas, adoptadas, y finalmente ejecutadas por nuestros representantes. Que para eso les hemos elegido.

Es evidente que las grandes decisiones acerca del modelo de país -o, en este caso, de ciudad- pertenecen solo a los ciudadanos. A todos. Pero una vez tomadas esas decisiones y concretadas mediante la elección de una serie de representantes de uno u otro signo, corresponde a éstos tomar las decisiones, sin escudarse en procesos participativos -que por otra parte son fáciles de domesticar, y más fácilmente manipulables, y que constituyen además campo abonado para la demagogia, y excusa perfecta para ocultar las propias carencias-. Mal, muy mal, vamos si es necesario convocar un proceso participativo ciudadano para detectar que en tal calle hace falta un semáforo, y en tal otra se necesita un 'pipicán'. Y sobre todo, mal, muy mal podríamos acabar si dejáramos la decisión sobre cual de las dos demandas habría de ser prioritaria a quienes, por lógica, solo están en condiciones de apreciar las carencias que les resultan más cercanas.

Decía el politólogo holandés Arend Lijphart que el invento de la representación política había sido para el gobierno de las sociedades tan importante como el invento de la rueda para la humanidad en general. Resulta curioso constatar que cuanto más progresistas dicen ser nuestros gobiernos, más se empeñan en hacernos bajar del carro, y volver a subirnos a lomos de una mula.