Las Provincias

Animalismo inhumano

La oleada de tuits que con la excusa de la defensa de los derechos de los animales contienen deseos de muerte, amenazas, insultos y menosprecio a un niño enfermo de cáncer que sueña con ser torero y que el pasado sábado fue objeto de un festival benéfico en Valencia, muestra la dificultad de parte de la sociedad española para canalizar sus sentimientos y sus opiniones de un modo pacífico y sin tener que recurrir a agredir verbalmente al contrario, al que piensa diferente, al que no pertenece a su misma tendencia, corriente o 'familia'. El fenómeno, casi huelga decirlo, es preocupante, porque refleja un grado de inmadurez colectiva cuyas consecuencias están por ver pero que no augura precisamente el advenimiento de una época de esplendor intelectual, de crecimiento colectivo, de proyectos compartidos. Tampoco es necesario aclarar que la causa animalista es perfectamente legítima, que se puede defender y argumentar de igual manera que la de quienes respaldan la fiesta nacional. Pero lo que nunca puede encontrar una justificación es la táctica de acoso y derribo a través de las redes sociales, utilizadas como una especie de arma de destrucción masiva contra los taurinos, tal y como ya se puso de manifiesto a raíz de la trágica muerte del torero Víctor Barrio, que llegó a ser aplaudida y celebrada por algunos que se dicen protectores de los animales. Extraña manera de pensar -por llamarla de alguna manera- la que para defender la vida de los toros se felicita de la muerte de los toreros o desea lo peor a un niño enfermo de cáncer. El animalismo ha encontrado en estos violentos digitales los peores representantes posibles, unos pésimos embajadores de una postura que, como cualquiera, hay que construir desde la racionalidad, nunca desde el resentimiento y el odio. Es triste constatar que algunos debates en España, como el de toros sí, toros no, no logran encontrar espacios de concordia, de diálogo, de contraste de pareceres, y todo se reduce a que unos bárbaros se sienten ante su ordenador para desahogar su frustración, su fracaso y su amargura, aunque sea con un pobre niño de ocho años.