Las Provincias

Zona de confort

De entre las recomendaciones del sector paparruchas que nos inundaron para cicatrizar aquella vida fácil que se disolvió para siempre con la crisis, al menos una logró popularidad importante que se mantiene incluso hoy. Renunciar a nuestra zona de confort, indicaban las teorías que nos permitirían reinventarnos y todo eso. La zona de confort, explicaban, es el lastre que cercena nuestras infinitas posibilidades de rutilante triunfo. Huyamos, pues, de esa zona maldita.

Por si no tuviésemos bastante dolor de cabeza con la implacable cháchara de Pablo Iglesias vendiendo su moto de trinchera y barrizal, encima se supone que debemos de prescindir de nuestra zona de confort. Toda la vida luchando, sin practicar daño al prójimo, para disfrutar de un mínimo confort y luego llegan los listos de turno dispuestos a cortarnos el rollo. Pues no. Pues no me da la gana. Mi zona de confort, una terraza en verano, una chimenea en invierno y un sofá cómodo para leer o zapear, según las horas y los humores, me la he currado yo poco a poco y no me apetece perderla. Nuestra zona de confort es nuestra primerísima patria de límites personales y angostos. Me encanta mi zona de confort, no será gran cosa, pero es mía y ahí mando yo y me sirve de refugio antipelmas. Gozar del oasis de nuestra zona de confort es la principal motivación para madrugar a diario pues nuestra aspiración consiste en sostenerla y, acaso, con el transcurrir del tiempo, ampliarla. Pero este lícito anhelo parece que a algunos les fastidia pues asocian nuestro confort doméstico con la molicie que guillotina las aspiraciones. Los que pretenden cargarse nuestra zona de confort sólo desean aumentar la suya comerciando con sus pérfidas ideas. Pero a mí no me engañan. Yo dispongo de mi confort y no admito injerencias. Hasta ahí podíamos llegar.