Las Provincias

Los valencianos y el 12 de octubre

Una tesis interesada, políticamente manipulada, ha venido sosteniendo que los valencianos teníamos prohibido legalmente mantener cualquier tipo de contacto con América. Según quienes la defienden, sería otra forma de diferenciarnos de «España» y un motivo más de agravio contra ella que sumar a su larga y esperpéntica lista de interpretaciones torticeras de la Historia: Compromiso de Caspe, Guerra de Sucesión... A estas alturas, semejante estupidez hace años que ha caído por su propio peso, excepto para algunos irreductibles separatistas que prefieren perseverar en el error y la cerrazón. Si alguna vez alguien pudo pensar en reservar las Indias para la Corona de Castilla, la realidad pronto se encargó de demostrar la inviabilidad de tal propuesta. Sirvan algunos ejemplos para demostrar lo contrario sin salir de las dos o tres primeras décadas después de la expedición de Colón, en cuyo segundo viaje ya hay presencia valenciana. Al cabo de unos meses, los reyes contrataron al platero valenciano Pablo Bellvís para «catar e lavar» el oro de la isla Española. Hacia América fueron también el flamante gobernador de Tierra Firme, Rafael Figuerola, hijo del conde de Cocentaina; el general Juan Ruiz de Corella; el obispo de Honduras, fray Jerónimo de Corella; varios orfebres, decenas de emigrantes. todos valencianos. No hay capítulo que dejemos desatendido. Hay conquistadores como Pedro Miralles, de Bejís, vencedor del pirata Drake y gran benefactor de la antigua iglesia de Santo Tomás, de Valencia; el bravo Jaime Rasquín, que después de participar en la expedición de don Pedro de Mendoza al Mar del Plata fue nombrado gobernador del Rio de la Plata; el capitán y lugarteniente de Cortés en la conquista de México, Alonso Dávila y Benavides, natural de Villareal. Fueron misioneros, como Luis Bertrán, santo de la Iglesia y defensor de los indios contra la voracidad de los encomenderos -por cierto, en el convento de Santo Domingo de Valencia escribió Bartolomé de las Casas su incendiaria obra «Brevísima relación de la destrucción de las Indias»-; Juan Ferrer, naufrago en la Florida y que murió flechado por los indios o, al menos, eso suponemos, pues de quinientos viajeros solo sobrevivió uno, que arrancándose la flecha del cuello llegó mudo y al borde de la muerte a tierra de cristianos; Ángel de Valencia, que pasó cuarenta años predicando, a pie y descalzo, en la Nueva España; Vicente Valero, de los primeros en predicar en Filipinas y que durante diez años fue guardián del convento de Manila; Francisco Ortiz, que hablaba náhuatl con soltura. Y a la América de esos primeros años van a dar también productos de fabricación valenciana, como el suelo cerámico del convento de los betlemitas de La Habana, o el papel de Alcoy, en el que escribió Cortés sus cartas de relación al emperador, o libros como el Atlas de Ptolomeo, el 'Ptolomeu' que el rey Fernando el Católico se apresuró en pedir al Batlle de Valencia, Diego de Torres, para estudiar la viabilidad de la propuesta colombina. Productos manufacturados que no todas las regiones españolas estaban en condiciones de ofrecer. Y todo ello a pesar de que, como es natural, durante las primeras décadas del descubrimiento de América, la agricultura y los hombres andaluces se bastaban y sobraban para colmar la demanda indiana de productos básicos. Es el prólogo de la brillante relación que uniría Valencia y América con posterioridad. No es necesario recurrir a la figura de Luis de Santangel que, ejerciendo su oficio de escribano de ración, proporcionó al rey un dinero que no sabía a qué iba a ser destinado. Los valencianos, en definitiva, ayudamos a descubrir un Nuevo Mundo, a los europeos y también a los nativos americanos, que desconocían todo lo existente detrás del horizonte de las colinas más inmediatas, como ocurre en la actualidad a muchos valencianos. Por si liberar a los pueblos americanos de sus sangrientas teocracias, erradicar los sacrificios humanos, el canibalismo, el incesto generalizado, enseñarles a considerar a la mujer como una compañera y no una especie de animalito subordinado al hombre. e insertarlos en la civilización occidental -la única que existe digna de ese nombre- no fuese bastante timbre de gloria y de orgullo, hay que añadir otros dos factores que ningún otro pueblo del mundo puede presentar hasta hoy en día: leyes sabias y protectoras, y misioneros valientes que denunciaban cualquier atropello. Celebramos, sin duda, una de las fechas más grandes para la Historia de la Humanidad, con sus luces y sus sombras. ¿Acaso no las tienen también otras celebraciones mucho menos trascendentes, como el 4 de julio o el 14 de julio? Felicitémonos pues el día de la Fiesta Nacional de España, y hagamos extensiva esta felicitación a los aragoneses y a la Guardia Civil, el día de su Patrona, la Virgen del Pilar.