Las Provincias

QUEDAN LAS PALABRAS

No a todas se las lleva el viento de otoño y algunas, que no son ni de amores, ni de odios, que al fin y al cabo son cosas pasajeras, se quedan flotando en el aire como si fuesen corchos en el agua. Los políticos que tenemos, porque no los hay mejores, se desdicen después de haber dicho algo. Cuando son acusados de embusteros, que es el paso anterior a que les califiquen de farsantes, ellos no se dan por aludidos. «¿Cómo se pueden interpretar las palabras?», que dijo aquel al que reprocharon públicamente su conducta y al llamarle 'sinvergüenza' preguntó cómo podía interpretarse ese insulto. A Churchill, que de verdad fue el político más influyente de los últimos tiempos europeos, cuando el Reino Unido aún no había ensayado el 'Brexit', le afearon su conducta volátil y le recordaron que hubiera cambiado tanto de opinión, dijo que era cierto y que no cambiaba de régimen alimenticio porque era una dieta adecuada. ¿Son las palabras que ahora oímos las que pueden mantener nuestra esperanza? Como hablan todos a la vez, no hay forma de entenderse. El batacazo socialista tardará en repararse, pero a ese honrado partido habría que ayudarle a caminar, más que nada para no ir a pie cojeta. Los que creemos, en contra de toda esperanza, que el llamado bipartidismo es mejor que el pluripartidismo, nos tiene desconcertados Javier Fernández. Es un gestor, no un líder, pero quizá sea lo que necesitemos ahora, porque hay demasiados mandatarios sin gente a quien mandar.

¿De verdad preferimos una abstención a unas terceras elecciones? A la gente de la calle, que somos todos menos los de la Bankia de Rato y algunos golfos de levita, lo que nos gustaría es que no se manosearan las palabras. Queremos saber cuál es la menos mala de las soluciones, o sea, la menos pésima. ¿La conoce Javier Fernández? Ha decidido citar, uno a uno, a los líderes regionales, en vez de reunir al consejo territorial. Por lo menos habrá menos barullo, aunque suenen las mismas palabras.