Las Provincias

Ignacio Carrión

Recuerdo bien aquel apartamento, en lo alto de la torre de las Esclavas. Ignacio Carrión, con su esposa, vivían en un palomar acristalado, con vistas a la Alameda, el puente del Real y una Valencia antigua que tenía ganas de transformarse. Había muchos libros y pintura moderna; se rodeaban de los detalles de un estilo sobrio y elegante, distanciado ya de los vericuetos del franquismo, anhelante de espacios de libertad. A mediados de los sesenta, la casa de Ignacio, y la librería, con sección de discos y sala de exposiciones de la calle de Salvá, cerca de la Universidad, eran un núcleo de vida culta y diferente, un anticipo refinado de la 'gauche divine' que habría de venir después. Desde Alberti a la Estampa Popular, desde Neruda a Hernández Mompó, la casa-librería, el hogar-sala de exposiciones, anticipaba otro tiempo a quien tuviera ganas de aprender.

En la escuelita de Periodismo de la Iglesia, Ignacio y Elena destacaban por su formación sólida y por la búsqueda de aires nuevos. De modo que muy pocos años después, los compañeros de curso comenzamos a leerle reportajes en 'Blanco y Negro' para empezar. Entrar en la casa de los Luca de Tena era algo inalcanzable. Pero ser corresponsal volante, reportero llamado a contar las tragedias de Oriente Medio, la Olimpiada de Munich, las aventuras de Cousteau o las elecciones norteamericanas, eran destinos impensables.

De su formación, el manejo de idiomas era un ideal envidiable que le permitía estar entre los llamados a entrevistar, en el Ritz o en el Palace, a actores y actrices que pasaban por Madrid. Él, bendito sea, era el que mejor partido sacaba de Peter O'Toole. De modo que cuando tú estabas contando los problemas de la línea 7 de la Saltuv, él fue el primero que se subió en Moscú al Transiberiano, con salvoconductos para enlazar con el ferrocarril de Manchuria y llegar hasta el desconocido Pekín.

Nepal y Honduras, la Ruta 66 y Alaska, el extenso hormiguero que va desde el Londres de los Beatles al Berlín de la caída del Muro, forjaron a un periodista culto, viajado, escéptico y amargo, como corresponde a un testigo fiel del siglo XX y sus miserias. Un periodista literario, con docenas de títulos publicados, con generosas bibliotecas en cada estación de su camino, fuera Valencia, Moraira, Madrid o Washington.

Escribió en LAS PROVINCIAS artículos ácidos y un poco cansados. Destiló ese criterio de que no hay que fiarse de la política nunca, esté quien esté. Nos hablábamos ocasionalmente, intercambiando libros y mensajes. Y me llamó cuando Ribó abrió el balcón de la plaza porque tenía que hacer un reportaje sobre el éxito sorprendente. No mucho después, recibí una llamada suya, me contó la enfermedad que le ocupaba y quedamos para salir un día a comer, una cita que ambos sabíamos improbable y que no ha llegado a celebrarse. El 9 de octubre supe de la muerte de un gran periodista y escritor valenciano. La esperan nuevos paisajes, horizontes despejados. Noticias.