Las Provincias

La exconsellera de Sanidad
/ SEÑOR GARCÍA

La exconsellera de Sanidad

  • SALA DE MÁQUINAS

  • La desgracia cayó sobre Montón hace diez días, al negarse ante los mensajes de Puig a desvincularse de Pedro Sánchez

Publicado en la edición impresa del 9 de octubre de 2016.

Lo dijo quien podía decirlo y para que fuera oído: «pues está muerta». La finada es Carmen Montón. ¿Cuándo cayó la desgracia sobre la (todavía) consellera de Sanidad?: hace diez días, al negarse ante los mensajeros del President Puig a desvincularse de Pedro Sánchez en la batalla final desatada por los barones contra el insumiso secretario general del PSOE. Montón no se unió a los dimisionarios de la ejecutiva socialista; para compensar, tampoco se atrevió a acudir a la llamada de socorro de su mentor, previa al cónclave. Tentada estuvo de ponerse de perfil. Pero el sábado de la carnicería federal (ya marcada tras las evasivas a Puig), Montón optó por sentarse junto a Sánchez y ‘que pase lo que tenga que pasar’, se alineó con aquél que la podría haber convertido en ministra de algo, o medio ministra de cualquier cosa, en Madrid, mientras hacía tiempo entre nosotros en la conselleria de Sanidad del tripartito valenciano.

Todo apunta a que Montón acaba de entrar en la lista de los zombis con cargo público. Son bastante comunes: Pedro Sánchez aislado durante un año en el fortín de Ferraz, Rita Barberá enrocada en el Senado (¡qué lástima y qué error más grande!), nuestro desvalido conseller Climent sin nadie que le escriba, este Betoret supuesto líder del PP rusista, etcétera. La lista es grande. Y todos llevan la misma cruz; están acabados, pero no lo saben o no quieren aceptarlo. Sobre ellos pesa la decisión definitiva del cese, por orden de la superioridad o por la presión de los acontecimientos, pero hasta que la decisión se consuma pasa algo de tiempo. A veces incluso pasa mucho tiempo, pero da igual; ya son zombis, han perdido vitalidad, fuerza, energía, prestigio, ascendencia, lealtades; la capacidad de influencia se le ha escurrido de las manos. Pero como mantienen las apariencias de un despacho, una poltrona, un coche y un gabinete piensan que todavía les queda la posibilidad de sobrevivir, de superarse. Al contrario que Don Quijote, creen que sólo tienen enfrente pequeños molinos de viento, en lugar de gigantes. Para el caso, lo mismo da la fantasía quijotesca que su reverso. Las dos son irreales.

Así que en diciembre -dicen que será en diciembre si antes se despeja el horizonte de la formación de gobierno-, en diciembre Puig y Oltra abordarán la aplazada crisis del Consell. Oltra pondrá la pieza de Climent. Puig pondrá la ficha de Montón. Uno por otro. Empate. Los equilibrios se mantienen; paz y larga vida al Pacto del Botánico. Montón, ajena a los equilibrios de poder del PSPV, fue investida consellera por gracia del espíritu santo, o sea fue el tributo que pagó Puig a Sánchez en la época en la que todavía andaban en la misma onda. Muerto Sánchez, muerta queda la protección de sus beneficiarios si no cuentan con otras agarraderas. Montón además chocó con la intocable Mónica Oltra desde el primer minuto, vamos, en la misma toma de posesión de la consellera tuvo lugar la primera refriega, con su antecesor Manu Llombart como víctima y testigo. Y luego todo fue a peor entre las dos. Especialmente, cuando la líder de Compromís tuvo que comerse la destitución de la número dos de la conselleria, Dolores Salas (por enchufar a su hija), en guerra abierta con su superior. En síntesis: no se pueden ver. Sumemos a esto el bloqueo del departamento, las idas y venidas con el futuro de la vieja Fe, la investigación pendiente de Les Corts sobre el nombramiento de diez dirigentes socialistas, el dedazo insólito de colocar como gerente de La Fe a una amiga senadora (conforme al modelo de Rajoy con su leal Soria y el Banco Mundial) y la resistencia activa/pasiva de buena parte de los cuadros y jefes de servicio de la sanidad pública respecto a su actual titular. Si Montón remonta todo esto, es una fuera de serie, o tiene muuuucha suerte.

Más allá de litigios personales o dimes y diretes, el posible cambio en Sanidad abre la oportunidad de afinar con más celo y rigor la política del tripartito en este área tan significativa, destinataria de la mayor parte del presupuesto autonómico. Montón siempre ha sido categórica a la hora de proclamar el fin de la colaboración público-privada y la reversión de la gestión de servicios privatizados a la administración. Sin matices. Bajo un apriorismo ideológico más propio de Podemos que del partido socialista. Esa posición innegociable cuenta con un obstáculo fundamental y obvio, que el Consell carece de músculo financiero para hacerse cargo de la parte de la sanidad que hoy está gestionada por terceros. Y además aventura innumerables problemas jurídicos con las concesionarias y con sus trabajadores y empresas auxiliares. Pero Montón no se ha movido nunca del sitio, pensando que ese planteamiento casa con las demandas de su base social y las exigencias de sus socios de coalición. Habrá reversión de todos los servicios terciarizados. Punto.

No todo el Consell, ni de lejos, comparte esa posición. De hecho, el President Puig cuando se ha referido a la cuestión ha anunciado algo sutilmente distinto; parecido en principio, distinto en el fondo. El President hasta ahora sólo habla de «la no renovación de las concesiones actuales». Ojo, una cosa es la reversión de los servicios a la sanidad pública y otra diferente la no renovación de las concesiones. Digamos que una vez concluidos los convenios actuales, la reversión no es la alternativa única. Puede haber nuevas concesiones, otras nuevas sin prorrogar las actuales, eso sí con nuevas reglas y contratos, con una nueva negociación, y un nuevo concurso abierto a todos los operadores, incluyendo claro los actuales operadores. El matiz es importantísimo. Crucial. En la práctica no supone una ruptura del modelo vigente, sino su reforma, dotando quizás de otra terminología al conocido ‘modelo Alzira’, tan vinculado al PP. Lo que parece ser innegociable es la reforma contractual, con tres exigencias determinantes. (1) Aclarar las discrepancias presupuestarias acumuladas entre la administración y los concesionarios, puesto que cada uno presenta cifras contrapuestas, con muchos años de retraso en la liquidación de los ejercicios vencidos. (2) Fijar un sistema de control de costes exhaustivo, transparente y medible, algo que debería afectar por cierto tanto a los hospitales de gestión pública como privada. (3) Nuevos contratos donde se definan con claridad meridiana las responsabilidades y obligaciones de cada parte, sin que se presten a las interpretaciones y tergiversaciones de ahora. Son unas exigencias básicas de las que cabe discrepar poco, asumibles incluso por la patronal de Salvador Navarro, tanto por su componente ético como por lo que tienen de buena práctica de los recursos y donde el único acento discrepante estaría en hacerlo extensible a todo el sector público, no sólo a las concesiones privadas, también a cualquier organismo, desde hospitales a universidades o fundaciones.

Además de todo lo dicho, de las derivadas políticas que han puesto a Montón contra las cuerdas, seguramente una inflexión tan radical en la política sanitaria no puede liderarla una consellera que se ha mostrado tan terca y distante de cualquier salida que no pase por la estricta reversión de las concesiones.