Las Provincias

URBE CAMBIANTE

Caminar. Moverte con la herramienta de tus piernas. Andar es sano, económico y fuente de enseñanzas. Un tercio de los trayectos diarios en las ciudades europeas se hacen en automóviles privados, perezoso hábito que nos cuesta caro a todos. Además del gasto en combustible, tenemos el problema medioambiental. París planea que no circulen por sus calles vehículos diésel, principal emisor de dióxido de nitrógeno, fuente primaria de la polución del aire urbano. Soy reivindicativo en ese aspecto. Cuando me muevo por Valencia andando de aquí para allá me siento una persona racional. Así vivo yo esa antiquísima costumbre llamada 'caminar'.

Memoria sentimental. El pasado jueves fui a ver exposiciones. Este otoño hay muchas propuestas interesantes. De Mislata a Valencia viajé en Metro. Bajé en la parada Xàtiva. Por la calles Castellón y General Sanmartín, hacia Germanías, Marqués del Turia y Ruzafa, vinieron a mi mente el recuerdo de locales ya desaparecidos y que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones: el teatro Alkázar, mantequerías Castillo (cerró en 2012 tras casi un siglo vendiendo productos de calidad), la Casa de Utiel (en Germanías-Alicante: con 14 años comencé allí a jugar al ajedrez en el club Gambito), los cines Paz, Ideal y Coliseum, una añorada librería de lance en el cruce de las calles Sevilla-Dénia. Las ciudades son orgánicas.

Distancias. No solo cambian las ciudades. Con la edad y las transformaciones urbanas también cambia nuestra apreciación de las distancias. De niño vivía yo en la entonces llamada Avenida José Antonio. Para mí y los míos, ir desde nuestra casa a la Plaza del Caudillo era todo un ambicioso recorrido que exigía despedidas y cierta preparación psicológica. Ahora, sin embargo, ese paseo lo tiene uno 'chupao'. Unos minutos de fugaz caminata.

Estudios de Medicina. En 'Desde la última vuelta del camino', memorias de Pío Baroja (1872-1956), el escritor vasco cuenta que a su padre le ofrecieron una vacante en Valencia de ingeniero jefe. «Discutimos en casa el asunto y convinimos en pedir informes sobre la vida en la ciudad levantina. Las noticias parecieron indicar que en ella la vida resultaba más barata que en Madrid. En cuanto a la cuestión de mis estudios (de Medicina), también allí podía seguirlos». Pío Baroja y su padre residieron varios días en una fonda de la calle de las Barcas «y después en la casa de un conserje de la sección de Fomento, que entonces existían en los Gobiernos civiles».

Calle Samaniego. »Semanas después», sigue narrando Baroja en sus recuerdos del año 1892, y ya con toda su familia en Valencia, «alquilamos una casa en la calle Cirilo Amorós, paralela a la calle Colón (.) A los pocos meses nos pareció que vivíamos demasiado lejos del centro de Valencia y nos trasladamos a la calle Samaniego, esquina a la de Navellos, calle esta que era estrecha y que estaba próxima a la catedral, y que, al parecer, se ha derribado».

Les Corts. Don Pío se equivocaba: si se refería a Navellos, esta calle seguía en pie cuando escribió sus memorias y sigue en pie en 2016. Hoy día es nada menos que la calle por la que se accede a la Plaça de Sant Llorenç, donde se encuentra el precioso edificio de Les Corts Valencianes. Pero creo que Baroja, en ocasiones un tanto desaliñado en cuestiones de sintaxis, se refería a la calle Samaniego, que por cierto también continúa llena de vida en la actualidad. Y que sea por muchos años.

Espacio y tiempo. En estos párrafos de las confesiones de Baroja llama la atención su ¿sorprendente? queja de que Cirilo Amorós estaba «demasiado lejos» del centro de la ciudad. Doscientos pasos mal contados le parecían agotadores. Y es que las proporciones del conjunto de las cosas definen nuestra valoración de las medidas parciales. Ocurre con el espacio y ocurre con el tiempo y sus circunstancias.

Eternidad. Todo lo sometemos a comparaciones. La situación política, la cultural, la económica, el discurrir de las horas. Cuando nos lo pasamos bien, por ejemplo en una amena sobremesa, dos horas pasan sin darnos cuenta. Pero si nos duelen las muelas o estamos aburridos, dos horas son una eternidad.