Las Provincias

PRANDELLI O EL SOSIEGO

Hay consenso generalizado, oral y escrito, por lo que leo y oigo, que la suspensión del fútbol por el partido de la selección permitirá un poco de tiempo a Cesare Prandelli, dos semanas, para hacerse con el pulso a la plantilla. Nos parece una eternidad. Quisiéramos haber jugado ya el partido en El Molinón. Yo mismo me debato nervioso, por la ausencia de fútbol, porque también me gustaría, si puede ser hoy viernes, cuando escribo la columna, que pudiéramos comprobar la bondad de la elección del técnico lombardo. En ese momento me doy cuenta de que Ayestarán y Neville, Pizzi o Valverde forman parte de un ayer inmediato y sin embargo lo percibimos ya como pasado remoto, porque la actualidad nos exige que confirmemos de inmediato el acierto de la apuesta técnica, y la corrección automática de los errores. Salvo decir que la Orceana Calcio, el equipo de fútbol del pueblo en el que nació Prandelli, Orzinuovi, también se fundó en 1919 como el Valencia F.C. puedo decir poco más. Sin conocer a Prandelli, ni sus métodos ni su filosofía de juego, al menos alguien que utiliza adjetivos como sosiego y equilibrio, y que no se presenta montado en la trasera del carromato de las películas del Far-West vendiendo el crece-pelo milagroso ya merece todo mi respeto. Tiene el trabajo hercúleo del artesano que debe dar sentido a un banquillo confeccionado de manera industrial. Habrá que dejarle trabajar, aunque ello suponga desmentir esa característica que Paul Virilio, en su Estética de la Desaparición, atribuía a la sociedad moderna: la desaparición de la demora. Hemos perdido la noción del trayecto, y solo pugnamos por el final, haciendo trampa sobre el tiempo: emborracharnos rápido, despreciar el lento inicio de los amores, la foto en el monumento y no el viaje, avanzar con el mando a distancia en el capítulo final de la serie para ver quién es el asesino, comprar el catálogo de la exposición en lugar de detenernos a apreciar un solo cuadro de un pintor. Y todo ello con la tiranía de la velocidad que nos impide apreciar el sosiego, la pausa y la mesura. Deben ser remilgos o achaques de la edad. Recomiendo el libro de Paul Virilio. Nuestro mundo se ha convertido, en el poder y en la riqueza, en un mundo que no se entiende sin la velocidad, y ello permitía etiquetar una política que el autor francés calificó como "dromocracia", una sociedad de carreras, que corre alocada ya que cada avance en la tecnología se pliega a la tiranía del instante, ya que lo importante, lo esencial, es el tiempo, la velocidad absoluta, conocer el sondeo y la encuesta, saber mañana mismo si Prandelli juega al toque y en qué lugar de la clasificación nos dejará. Habrá que dejarle trabajar, y apreciar su sosiego. Es nuestra segunda oportunidad.