Las Provincias

Pandillero infantil

La prevención del bullying empieza en casa. Podemos alarmarnos con el caso sucedido en Mallorca en el que una niña de ocho años recibió una paliza por parte de otros niños en el colegio. Es para eso y más. Podemos reclamar medidas en los centros escolares que, sin duda, deben procurar un entorno libre de agresiones. Podemos exigir a las autoridades planes de prevención y de vigilancia para que no vuelva a suceder algo así. Pero el análisis debe empezar dentro de casa o no conseguiremos nada más que criminalizar a unos chavales y convertir el recreo en un entorno sospechoso. Es cierto que comportamientos como los de Mallorca son propios de criminales pero no basta con pensar cómo reducirlos en el colegio, cómo evitar que lo hagan en las aulas o en las redes y cómo castigarles luego. La pregunta esencial es por qué han actuado así y, en ese punto, hay que mirar hacia casa. Por duro que resulte.

Ayer, sin ir más lejos, pasé por una terraza en la que un niño de unos diez años estaba enfurruñado porque quería patatas fritas y su madre no lo encontraba razonable antes de comer por si le quitaba el hambre. Ante la negativa de su madre el niño cogió el servilletero y empezó a estrellarlo contra la mesa para disgusto de todos los presentes. Su madre se limitaba a pedirle por favor que estuviera quieto, con tan nulos resultados que otros clientes de la terraza sugerían estrellarle el servilletero al niño en toda la crisma. Comprensible pero pésima solución. En verano vi a un niño pegar patadas a la plataforma de entrada de un restaurante y a su padre decirle: «te van a reñir», un mensaje nada amenazante e irresponsable. Era a él a quien le tocaba reñirle pero, al parecer, no estaba dispuesto a hacerlo. Hace unos meses vi a una mujer en silla de ruedas sortear un balonazo de unos adolescentes. Cuando uno de ellos afeó la conducta al otro porque podía haber hecho daño a la anciana, el amigo le contestó: «pues que no pase por aquí». No era un campo de futbol; era la acera.

Todos esos comportamientos tienen un nivel elevadísmo de egoísmo subyacente -el mundo gira en torno a mí y está para atender mis caprichos- y una carencia total de límites. Nos podrán resultar muy llamativos los programas de Supernanny y Hermano Mayor pero más allá del espectáculo audiovisual, están mostrando la peor enfermedad de esta sociedad: su incapacidad para educar. Lo más preocupante no es el niño tirano per se sino que tenga una ausencia absoluta de empatía hacia el dolor de los demás y una tendencia a usar la violencia como forma de resolver sus conflictos, sea rompiendo el servilletero, una papelera o la costilla de otra niña. Su egoísmo les hace ignorar el bien ajeno y la necesidad de cuidarlo y, ante la dificultad, su solución pasa por el uso de la fuerza. Y no es por falta de 'Educación para la ciudadanía' en el curriculum. Les falta, simplemente, educación. La que se aprende en casa.